El momento perfecto podría estar en un paseo otoñal con hojas secas y bermejas cayendo, en la perfección emotiva y arquitectónica de una melodía de Satie, en una caricia, en el momento después de la tormenta, en no estar solo para entonces, en andar con las viejas botas, en subirse el cuello del abrigo y sentir protección, en saber que el abismo ha quedado atrás, en una curva superada, en la evocación del mar, en estar aún vivo, en tu regreso, en despertar de una pesadilla, en no tener que volver mañana, en la distancia acompañada, en estar lejos de aquí, en una playa vacía. El momento perfecto es cualquier momento en el que no me duelas.
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sábado, 27 de diciembre de 2008
El momento perfecto
El momento perfecto podría estar en un paseo otoñal con hojas secas y bermejas cayendo, en la perfección emotiva y arquitectónica de una melodía de Satie, en una caricia, en el momento después de la tormenta, en no estar solo para entonces, en andar con las viejas botas, en subirse el cuello del abrigo y sentir protección, en saber que el abismo ha quedado atrás, en una curva superada, en la evocación del mar, en estar aún vivo, en tu regreso, en despertar de una pesadilla, en no tener que volver mañana, en la distancia acompañada, en estar lejos de aquí, en una playa vacía. El momento perfecto es cualquier momento en el que no me duelas.
Cogerle el puntillo. (3ª parte)
Ya sé que me querías cariño; cada vez que me empujabas en plena penetración, apartándome de ti, era amor. Que tontería que me enfadara, que poco considerado era por querer terminar el coito una vez que tú ya te habías cansado o habías terminado.
Me obligabas a afeitarme escrupulosamente y cortarme las uñas antes de follar, y ahora te veo, en un pub, comiéndote a besos a un tipo de esos con aspecto de pizzero napolitano. ¿Es que está de moda llevar barbita de cinco días?, ¿es que le sienta bien? ¿O es que tu cutis ya no es tan sensible?… Como siempre, no logro cogerte el puntito, cariño.
Ahora me dices que nunca puse velitas cuando hacíamos el amor y digo yo… ¿por qué no las ponías tú cuando iba a follarte a tu casa? Soñabas con visitar lugares lejanos a los que sólo habías accedido en sueños y yo te llevé, y yo te amé en una habitación con vistas a un paisaje exuberante y pirenaico, pero claro…no se me ocurrió poner velitas y ese detalle ensombreció toda tu ilusión porque, según me cuentas, para las mujeres son más importantes ese tipo de detalles pequeños. Sigo sin cogerte el puntillo, corazón, sobre todo porque a mí jamás se me habría ocurrido echar en falta un plato de aceitunas cuando me preparaste aquel pescado al horno con salsa de berenjenas.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Mi tercer matrimonio
Yo no tengo mujer ni hijos, tengo ordenador; un precioso portátil con el que me casé en terceras nupcias. Mi primer matrimonio fue con una rubia de Salamanca y el segundo con un Pentium tres, grande y torpón que, a pesar de su pantalla plana y su grabador de cedés, no tenía capacidad suficiente para llenar mi vida. Aunque… ahora que lo pienso… hace muchos años mantuve una relación efímera con un armatoste, de pantallón voluminoso, que apenas era capaz de abrir una foto cuando lo sacabas del eme-esedós.
He de reconocer que, lejos de traumas y abogados, este último cambio de pareja ha sido gozoso, aunque hayamos tenido que superar ciertas incompatibilidades con la vieja impresora, el escaner y demás periféricos. Con cada uno de los ordenadores inicié una vida nueva basada en un sistema operativo distinto y a pesar de que todas mis relaciones fueron windoneas, una fue más profesional y otra mejor vista; como ha ocurrido siempre.
Decían las malas lenguas que eso del ordenador es algo muy frío…No estoy de acuerdo. A mí me dio una vida que no tenía; ocupó mis largas horas de soledad y me brindó la oportunidad de realizar todas mis inquietudes; abriéndome una ventana al mundo con todo tipo de chats, blogs y foros. Con mi ordenador he podido viajar por las cumbres más remotas o por las intimidades de alcoba más excitantes y siempre me ha acompañado. Mi ordenador siempre me espera, paciente y encendidito, mientras estoy en la cocina o en el sofá y trae, hasta su disco duro, películas y canciones para mí, que luego me canta.
Gracias a él, mi casa y mi lecho se han llenado, a veces, de risas de mujeres que me han mostrado su alma o han desaparecido sin dejar el más mínimo rastro de calor humano. Gracias también a él, los días fríos de invierno, las tardes calurosas de verano, las mañanas lluviosas y melancólicas de otoño, los miércoles de ceniza y la noche de San Juan no han sido fieras al acecho. Mi ordenador siempre me sorprende, por navidad y para mi cumpleaños, con un bonito mensaje que se despliega en la pantalla y yo, agradecido, le regalo un ratón óptico, un pen drive, un disco duro externo o alguna bagatela para tenerlo contento y actualizado.
lunes, 1 de diciembre de 2008
Nunca le compres una agenda a un chino
Nunca le compres una agenda a un chino en uno de esos bazares donde las puedes encontrar a dos euros. Una agenda no es un juguetito, es algo muy serio. Eso lo supe ayer, cuando por entretenerme fui a comprar una nueva para pasar los números de la antigua, que ya estaba rota.
En principio nada raro, pero a medida que iba pasando nombres y números no veas tú que sofocón iba cogiendo. Si acaso tuvieras que hacerlo, no se te ocurra esperar a un día de lluvia de esos grises y solitarios porque el efecto se amplifica y puede ser peor.
Ni que decir tiene la variedad de sensaciones que uno experimenta cuando vuelve a escribir el nombre de personas de las que hace años no se sabe nada, la de lugares y situaciones que se evocan haciéndote reír o inquietándote o el encogimiento y la melancolía inevitable que se experimentan.
A los fallecidos les hice un tachón y los deje descansar en paz en la antigua agenda a punto de ir a la basura, sin permitirles mucho más que el escalofrío que me provocó verlos aún ahí, pero a algunas de las antiguas novias, sin pensarlo demasiado, me dispuse a llamarlas para saber qué era de ellas.
La primera, a la que llamé, fue Araceli, una empleada de una tienda de ropa de Córdoba con la que me cité en varias ocasiones y con la que viví días dulces y tórridos hasta que decidió probar con otro contacto de internet. En su momento, cuando no tenía clientela, me llamaba desde el comercio cuyo número aún conservo. Llamé, y ahora la tienda es una pollería. Me sentí perdido y solo, pero no era plan de vengar su memoria a pedradas; como hizo Sabina con los cristales de la sucursal del Banco Hispano Americano, así que continúe marcando números.
A Victoria hace al menos tres años que no la veo y cuando descolgó el móvil pronunció mi nombre con sorpresa. Detrás, una voz infantil balbuceó…papáaaaaa. No jodas. Por si acaso me excusé y aseguré que era una equivocación.
En el teléfono de la siguiente se puso un maromo que en seguida comenzó a violentarse preguntando quien era el tío que llamaba, momento en el que comprendí que a lo mejor no era buena idea rescatar algunos números de su lugar en el tiempo, pero antes de terminar quise hacer una última llamada.
Mª Ángeles era una cuarentona preciosa, tipo Mata Hari, cuando la conocí hace diez años. ¿Cómo iba yo a imaginar que me iba a encontrar a una abuela respetable, sentada en la cafetería y esperando con ilusión volver a verme?
Lo que yo te diga, nunca le compres una agenda a un chino en uno de esos bazares donde las puedes encontrar a dos euros. Vale que un bolígrafo, unas zapatillas o un regalito por compromiso, pero si quieres un buen consejo: procura que tu agenda sea de primera calidad; de esas cosidas y pegadas y con pastas de piel, de las que duran toda la vida.
sábado, 29 de noviembre de 2008
Misterios cotidianos
La vida está llena de misterios que nos rodean, y no me refiero a las pirámides o la santísima trinidad, me refiero a misterios cotidianos que, por cotidianos, nos pasan desapercibidos. El microondas, el mando a distancia, las gafas de visión nocturna, el móvil, los índices de audiencia televisivos…Eso sí que es un misterio.
A ver cómo demonios saben ellos cuanta gente ve un programa. ¿Es que las televisiones emiten una señal que retorna información a las cadenas? Algo leí sobre el share, pero de todos modos ¿cómo saben cuanta gente está viendo el programa?, ¿es acaso la televisión un aparato diabólico de funcionamiento recíproco?…Es decir, que si tiene algún artefacto secreto incorporado por el cual pueden ver, desde algún sitio, a una familia viendo un programa.
No se queda ahí la cosa, estamos rodeados de misterios de todo tipo; tecnológicos, casuales, religiosos, interpersonales, fisiológicos e incluso mentales. Estos últimos son los más desconcertantes. Hace poco sufrí, durante horas, uno de ellos.
De repente, una tarde, fui victima de una amnesia numérica. Sí, se me olvidaron las cifras más importantes de mi vida. Las verdaderamente importantes digo; no la fecha del aniversario de mi boda, el santo de mi suegra o el día de navidad. Veras…me di cuenta en el video club. Había bajado a alquilar una peli porque estaba aburrido en casa y cuando la chica me preguntó por el número de socio…joder tío, que no me acordaba a pesar de que llevo repitiéndoselo años. Buscando una solución, me preguntó el número del dni, pero que va, tampoco me acordaba, y eso que hace décadas que lo memoricé; en aquellos lejanos tiempos en que rellenaba una solicitud un día sí y otro también.
En vista de la imposibilidad de alquilar una peli decidí cambiar de planes e ir a tomar un cubatilla, para lo cual tenía que sacar dinero en el cajero de enfrente. Como ya habrás imaginado, tampoco me acordaba del número de la tarjeta. Uffff, mi desesperación iba creciendo por momentos, así que saqué el móvil y me dispuse a llamar a algún amigo para contarle lo que me estaba sucediendo y de camino pedirle prestados treinta euros, pero el puto aparatejo me pedía el pink para poder hablar y como es de imaginar tampoco me acorbada…Allí de pie, totalmente paralizado, miré el videoclub, el cajero, el pub y el teléfono y supe que mi vida se había bloqueado misteriosamente. No obstante, aún podía hacer algo aquella tarde. Me fui a casa y tuve una interesante conversación con el tío ese de las estadisticas que me estaba vigilando al otro lado de la tele para ver que programa estoy viendo.
lunes, 17 de noviembre de 2008
La mujer de mi vida
Ni mi madre, ni mi abuela, ni mi primera novia…¡que va! Para saber quien es la mujer más importante de mi vida hay que remontarse más atrás en el tiempo, hasta mi tierna infancia. Yo no lo supe hasta mucho después; cuando un psicólogo de la escuela freudiana me retrotrajo, a través del psicoanálisis, hasta aquellos días de televisión en blanco y negro con sólo dos canales. Ahí estaba Pipi Langstrum, mandando poderosos mensajes subliminales a toda la población infantil que hoy somos cuarentones. Yo, personalmente, aprendí con ella cosas que han marcado toda mi vida.
Gracias a ella supe que en el desastre está la solución; ya lo había intuido previamente, pero conocerla en la pequeña pantalla fue algo totalmente revelador. En seguida me identifiqué. Con ella aprendí también a ser respetuoso con la naturaleza; fíjate que tenía un mono o un caballo con lunares (no me acuerdo muy bien) al que llamaba, muy ceremoniosamente, Señor Nilson, y lo trataba con más respeto que al padre, que era un pirata borrachuzo. Existe una teoría que asegura que lo de andar todo el día del mono al caballo y del caballo al mono era una clara alegoría que el guionista, que era bastante drogata, introdujo; haciendo referencia a su propia experiencia vital.
En la vida real, Pipi Calzaslargas, tenía un primo que se llamaba Gil y Gil, que también era más respetuoso con los caballos que con las personas, aunque a veces, a Pipi, se le iba el casco y le tocaba los cojones al caballo levantándolo a pulso.
Fue devastadora la influencia que tuvo su imagen a principios de los años ochenta. ¿De dónde crees que salieron los punkis? …pues eso, de sus fervientes seguidores infantiles. Aquellas coletas fueron precursoras de toda una estética estilística y de hecho, Pipi, de mayor, tocaba en un grupo que se llamaba las Vulpes. Cuando oí por primera vez su éxito “me gusta ser una zorra” mi vida volvió a enriquecerse con una visión nítida, sobre el sentido del amor, que ha guiado mis pasos hasta el día de hoy.
Pero la sombra de Pipi es más poderosa de lo que a simple vista pudiera parecer, y la prueba evidente es la influencia que tuvo en la forma de entender la economía de los políticos de principios de los noventa. Sí, la cultura del pelotazo tuvo su génesis en el cofre lleno de monedas de oro con el que vivía haciendo lo que le salía de las calzas…a ver de dónde coño había salido el cofre. Me consta que Mario Conde, Juan Guerra y Roldán no se perdían ni un capítulo.
Y si hablamos del mundo de la moda, ni te cuento… empezó llamándose Ágata Ruiz de la Prada y ha acabado de asesora de imagen de cantidad de ministras. Lo flipas con la Pipi. Sin duda, la mujer de mi vida.
sábado, 15 de noviembre de 2008
Algunos pensamientos sobre el fútbol
Banderas, defender colores, pinturas en la cara, atuendos que uniforman, rituales, jerarquía, eslóganes, gritos sobre el campo, himnos, pasiones contenidas, exaltación, adrenalina, masas humanas enfrentadas, desplazamientos multitudinarios…¿No suena a batalla? Pues hablo de fútbol. Un inocente juego con reglas sencillas hasta el punto de ser entendidas por niños desde edades tempranas, por más que los argentinos quieran hacer una ciencia del mismo.
A mi entender, la experiencia institucionalizada más cercana a la violencia y la guerra; y no por el juego en sí, sino por todo lo que conlleva asociado a una escala impensable para cualquier otro deporte. De hecho, a menudo, estalla en violencia el graderío. Existen ultras, hinchas, hooligans y todo tipo de grupos más o menos aguerridos, pero también conviven en estas mismas gradas, codo con codo, intelectuales y mentes científicas, obreros y poetas, benditos e infames y todo tipo de género humano, aglutinado sorprendentemente como en pocos sitios ocurre.
Se lleva en la sangre, como se lleva, de forma atávica, el instinto natural humano por la lucha y la dominación. David y Goliath, Numancia y Viriato, Roma y Constantinopla, la guerra fría y la fragor de la batalla. Todo lo ha reproducido el fútbol y lo que lo rodea.
Definitivo estimulador de serotonina un domingo de liga, poderoso afrodisíaco contra el tedio marital cuando gana el Madrid o el Barcelona y alimento del sicótico oculto si pierden. Fútbol es fútbol, con tal poder de anestesia social que ya lo quisieran para sí los más importantes políticos, así como la medicina contar con semejante revulsivo de las funciones vitales.
Ni la más hermosa y desatendida de las mujeres podría soñar con levantar pasiones de esa manera ni la más enamorada y virtuosa novia competir en atenciones en una final. Es por eso, tal vez, que desde hace algún tiempo también se suman a esta fiesta, en lugar de esperar asténicas y pacientes a que termine el encuentro.
Con el dinero que mueve esta actividad podría, perfectamente, dotarse de presupuesto un ministerio en un país del primer mundo. Con las astronómicas cantidades que se gastan los clubes en adquirir jugadores podría crearse una infraestructura industrial en cualquier ciudad africana y, de paso, dar de comer, durante mucho tiempo, a toda una región. Sin embargo, miles de personas que repiten de memoria la alineación del Atletic desconocen donde está Monrovia o el hundimiento del sustento de miles de personas en Sudáfrica a causa de la globalización y la monopolización del azúcar.
Hay quien habla del arte de la guerra cuando en realidad la guerra sólo es una monstruosidad y nada más, lo cual demuestra hasta que punto puede adornarse algo hasta concebirse de forma distinta. El fútbol puro, el que se extingue fuera del césped y cuando acaba un partido, posee componentes que, sin duda, hacen disfrutar a sus miles de amantes, pero existe todo lo demás, eso que algunos explican sin explicar diciendo…fútbol es fútbol.
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