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jueves, 29 de mayo de 2008

Peces muertos

¿Has pensado alguna vez cuándo empezó el miedo irracional y angustioso que a veces te asalta sin sentido? ¿Has reflexionado sobre el momento exacto en que te sobrevino ese punto de inflexión irreversible? No te hablo de ir al psicólogo para someterte a una regresión hipnótica. Te hablo, más bien, de una cita contigo mismo, sencilla y valiente. Decía Serrat que nunca es triste la verdad, que lo que no tiene es remedio. No estoy de acuerdo, en absoluto, con esa afirmación. Reconozco que es una frase catártica y redentora, pero carece de fundamento real. ¿Quién y cuándo te inoculó el miedo a la soledad, a la pérdida y a la nada? Hay veces que un simple cambió, pequeño y sin importancia, te inquieta irracionalmente hasta el punto de encenderte alarmas y provocarte un encogimiento visceral sin sentido. En mi caso no fue la pérdida de seres queridos o un éxodo hacía tierras frías y lejanas en una edad inadecuada.
Yo jugaba alegre a la orilla del Guadalquivir, casi todos los días que el tiempo lo permitía. Hacíamos incursiones a la isleta que se unía a la orilla mediante un árbol caído, nadábamos cerca de un tronco que nos servía de flotador y pasábamos largas horas en el bosque de rivera que hay cerca del molino. Cuando la autovía no separaba insalvablemente nuestra calle de aquellos parajes, cuando había que atravesar huertas y pisar nabos para llegar a las moredas, cuando la sobreprotección y la video-consola no hacían estragos como lo harían en los disléxicos y alérgicos niños que vendrían después (yo no recuerdo mascarillas ni aerosoles en mi infancia), cuando los esparadrapos, las magulladuras en las rodillas y las efímeras zapatillas de la tórtola eran nuestro aspecto inconfundible, cuando la libertad olía a mazorca y jabón lagarto.
En uno de aquellos días, tan inesperado como idéntico a los demás, bajamos siguiendo el canal por el camino entre los trigos hasta el río, pasando cerca de donde ahora está Carrefour. Aquel día seguíamos un olor extraño, aunque aún no supiéramos que ese olor era el olor de la muerte. De la muerte de miles de peces que llenaban las orillas y flotaban inertes en el agua. Mirábamos los niños, estupefactos, aquel espectáculo dantesco y desolador y no sabíamos qué estaba pasando con nuestro maravilloso y divertido parque temático (todavía no estaba acuñado este término). Nadie se bañó aquel día ni corrió desnudo entre los árboles. En realidad jamás volvimos a hacerlo. El río se tiñó de un feo color marrón que no recuerdo haber visto antes de aquel día aciago y el agua adquirió un olor a putrefacción que todavía hoy percibo al acercarme. Aquel mismo año murió el dictador y empezaron a ocurrir cosas que no comprendíamos y de las que nada se nos decía en la escuela. Aquel año la abeja Maya, Pipi Calzaslargas, Heidi, Orzowei y Sandokán se hicieron mayores y desaparecieron de nuestras vidas para dar paso a un nuevo tiempo.
La fábrica asesina de peces sigue ahí, vertiendo su fluido tóxico y un hedor insoportable en cientos de metros a su alrededor, paga multas periódicas presupuestadas en sus cuentas y sobrevive a lo largo de los años. Los peces no sobrevivieron, como no sobrevivieron nuestros juegos en el río ni nuestra certidumbre de que al siguiente día todo iba a estar como siempre.
Ese, para mí, fue un punto de inflexión irrevocable. El primero. Después, durante todos estos años, vendrían otros días de peces muertos que todo lo cambian, suceden a veces, irremediablemente, en el momento más inesperado. Al principio me cogían desprevenido, pero con el tiempo he desarrollado una intuición, bastante fiable, que los detecta cuando se aproximan y que se manifiesta con un encogimiento angustioso sin explicación. Ya no me sorprenden esos días, pero cada vez me resulta más insufrible su llegada.

jueves, 22 de mayo de 2008

Una tierna historia de amor


Desde hace un tiempo, siempre que puedo, procuro ir a repostar gasolina al mismo surtidor, uso la misma máquina y descuelgo la misma manguera. Digan lo que digan, yo tengo la certeza de que hay gasolineras que escatiman combustible. Lo sé porque cuando reposto en la que hay detrás del centro comercial, la gasolina me dura menos que cuando lo hago en la que hay cerca de mi casa. Mi trayecto diario para ir al trabajo es invariable y rutinario y eso me ofrece la posibilidad de corroborar lo que digo. En esta última me da para un viaje y medio más con la misma cantidad de dinero, lo tengo más que comprobado. Pero no es esa la razón por la que últimamente voy al mismo lugar exacto a repostar.
Todos hemos oído esa voz femenina que dice: “está usted repostando gasolina súper noventa y cinco sin plomo”. Sé que es la misma voz para todos y que es la misma grabación en la mayoría de las estaciones de servicio, pero la de esa manguera a la que me refiero, en concreto, tiene algo especial que me provoca una sensación extraña, su voz me resulta especialmente femenina y dulce, cual canto de sirena. Ya sé que es la misma chica quien grabó estos mensajes sonoros e incluso, en una ocasión, recuerdo haberla visto en televisión entrevistada y se trataba de una chica tipo Cristina Almeida, ya me entiendes.
Hay días en los que todo parece confabularse para hacerte sentir mal. La cajera del supermercado te niega la acostumbrada mirada cuando te devuelve la tarjeta y se lima impúdica las uñas mientras tú te sientes un estúpido hablándole de cualquier trivialidad; el camarero que te sirve el almuerzo lo hace atropelladamente y dando golpes deliberados con todo lo que encuentra por delante; Pepe te llama para volver a pedirte cincuenta euros prestados; la mujer de la limpieza se autodespide y te dice que te busques a otra; Puri no responde a los mensajes y parece inminente que se repita la misma descorazonadora historia de siempre; te sientes vigilado por el chino del bazar cuando entras a comprar espuma de afeitar; las amigas del Messenger no te contestan o Ramón está en plan cabrón otra vez cuando lo llamas para ir a ver al Chelsea. Pero en esos días, siempre tengo la certeza de que, al menos, la dulce voz del surtidor número cinco no me va a fallar y va a estar ahí, sugerente y tierna, cuando me acerque hasta ella para obtener un pequeño respiro y treinta euros de combustible.
Siguiendo la costumbre, aquella noche de la que voy a hablar, también fui a echar gasolina a aquel lugar y, en principio, salvo por un par de detalles, todo parecía normal. Esta vez, después de colocar la manguera en su sitio, no oí la voz diciéndome: “ha repostado gasolina súper noventa y cinco, buen viaje”.
-Vaya, ha debido estropearse el aparato, pensé. Y en ese momento me invadió una inesperada inquietud. Confieso que me puse algo nervioso.
Justo detrás, una chica se percató de mi inocultable ansiedad y se dirigió hacía mí diciéndome:
-Veo que has perdido algo y que estás inquieto. No te preocupes que no será para tanto, ya verás. Fíjate en mí, ahí tengo el coche averiado y a estas horas no hay ni taxis disponibles.
Ostras pedrinnnnnnnnnn…si no es porque la vi en la tele y no se parecía en nada a esta, juraría que era la chica que grabó la voz de los surtidores. Es la misma voz. Idéntica.
Como ya habréis imaginado, me ofrecí amablemente a llevarla hasta su casa o hasta donde ella me dijese. Sobre lo que ocurrió después se ha escrito mucho y se han hecho películas y tal, así que no voy a insistir en esa parte de la historia, sólo decir que se trataba de una preciosidad rubia, de unos treinta y dos años y ahhhhhgggggggg ….perfecta en todos los sentidos. Dulce, amable, dadivosa y, aparentemente, sin síntomas de crueldad y egocentrismo de cuarentona.
La noche acabó siendo noche de vino y rosas. En todo momento parecía anticiparse a mis deseos y mis pensamientos, conocía el deleite de un buen vino, conocía lugares que a mí me habían impresionado en su momento, hablaba del mar con un estremecimiento de ola y lo mejor de todo es que lo hacía con la misma voz de la chica del surtidor. A mí, que lo mismo me toca el jamón en la rifa del cuartelillo que se me pierde un zapato en una habitación vacía, no me extrañó nada de aquello y lo viví alegremente, sin comerme el tarro demasiado.
De madrugada, antes de que amaneciera, me pidió que la llevara de nuevo hasta su coche para coger el móvil. Esperaba llamadas importantes esa mañana y la acerqué hasta allí. Bajó del coche y justo cuando me bajé yo para acompañarla la perdí de vista, en cuestión de segundos.
-Joder con la tía esta, tan temprano se pone a jugar al escondite y yo estoy que me caigo de sueño y de cansancio. Pensé.
La llamé, la llamé y la llamé. La busqué entre los coches, detrás de los árboles y detrás de todas las esquinas del recinto, pero no la hallé. Desazonado y confundido desistí y me fui cuando aparecieron los primeros rayos del día. A partir de entonces fui todas las noches, una detrás de otra, buscándola desesperadamente. Yo la esperaba y ella no aparecía, pero su voz sonaba incansable cada vez que alguien descolgaba la manguera número cinco. Estoy seguro de que era su voz, no me cabe duda.
Una noche de aquellas pude leer, sobre el cristal de la cabina de cobro, un cartel en el que decían buscar personal, para el turno de noche, en esa gasolinera. Me acerqué para hablar con el tipo que trabajaba ahí y le pregunté. En seguida me dijo que el puesto quedaba vacante porque él se iba y añadió: -Las mejores noches de mi vida las he tenido junto a ella aquí mismo, en este despacho que ves. Juntos hemos visto amanecer una y otra vez, pero ahora es contigo con quien quiere estar. Anoche salió un momento de la máquina número cinco para decírmelo y ha vuelto a desaparecer.
Yo no supe qué pensar de todo aquello, pero tenía claro que quería volver a verla como fuera; saliera de la maquinita o viniera en bicicleta a sacar tabaco. Me daba igual. Acepté el puesto de trabajo, dejé mi cómodo horario de funcionario y durante estos dos últimos largos años la he esperado noche tras noche en esta fría y solitaria estación de servicio.
Ni la primavera, ni el otoño me la trajeron, duermo de día y he perdido todo contacto con aquellos que constituían mi vida diurna. La empresa, viendo mi inminente ida y teniendo serias dificultades para encontrar personal de turno de noche, empieza de nuevo a preparar el numerito de la chica que sale de la maquina. A mi, después de confesarme todo el entramado, me han dado un generoso incentivo para que colabore en la nueva captación y ahora sí que he vuelto a verla por fin. Ni me ha mirado, sólo ha aparecido detrás de un tipo que daba golpes en el armatoste y se ha ido con él.
-Total, no vale nada, me dije al volver a verla después de dos años. Menos mal que pedí excedencia.

domingo, 18 de mayo de 2008

Cogerle el puntillo

A las rotondas no termino de cogerles el punto, nunca sé exactamente en que momento entrar en ellas o dónde colocarme para abandonarlas mientras un Clío, tuneado, me desplaza hacia el interior sin mayor miramiento. Casi siempre es una cuestión de decidir en milésimas de segundo. No sé como no hay más golpes. A ti tampoco te cojo el punto, cariño. Nunca supe cuando ni como entrar y otro tanto de lo mismo me ocurre para salir. Esos grititos tuyos. Te juro que jamás he sabido distinguir cuando te hago daño o cuando son el síntoma inequívoco del éxtasis. Es como en las rotondas; tengo que encontrar el momento justo, lidiando con tus jaquecas, con los demás vehículos y con las llamadas inoportunas al móvil. De verdad que no te pillo el puntito, ni el g ni ninguno.
¿Recuerdas aquella época en la que te quejabas de que pasaba mucho tiempo en el ordenador y no estaba contigo? Supongo que recordarás que durante aquellos días cerraba antes el pecé para sentarme a tu lado pero, al hacerlo, en un extremo del sofá te impedía estirar los pies, en el otro te impedía ver la tele y a tu lado refunfuñabas diciendo que te estaba echando. Te lo digo de veras, nunca te he cogido el puntillo. Aún ando pensando qué es lo que realmente querías que hiciera, porque si me iba a la silla o al sillón, de nuevo, te sentías abandonada. Debe haber un punto intermedio que escapa a mi inteligencia.
Fíjate que hasta Ramón ya controla eso del puntillo perfectamente y sabe hasta donde llegar con los cubatas, pero yo no, y me pasa con casi todo. Siempre tengo la incómoda certeza de que me he pasado o me he quedado corto en todo lo que digo y hago. Me pasó en aquella ocasión en la que descubrí que el interior de tus muslos y tu culo estaban cuajados de cardenales. Mira que me lo pensé. Pero no di con la manera de hablar sobre el tema con tranquilidad. Aquel día me dijiste, furibunda, que te habías dado con la mesa del despacho. Ya ves…tantas veces y en tan distintos sitios. Muy razonable lo de la mesa. En nuestros mejores tiempos, yo mismo te había hecho marcas semejantes y no a golpes precisamente.
Seguramente había un punto, intermedio y esquivo, en aquella ocasión en la que te dije que te notaba fría y distante. ¿Tal vez fue el momento?, ¿la situación?…No comprendo por qué esto provocó aquel comentario tuyo de: “si me gusta un tío me acuesto con él". Tal vez te sentiste acosada por mi comentario y escapaste huyendo hacia delante. Yo sólo quería decirte que hacía mucho tiempo que no pronunciabas mi nombre, que no comíamos juntos y que no te dirigías a mí sin ese gesto agrio tuyo para decirme que no pise el pasillo porque lo has fregado. Yo habría preferido pasar más tiempo contigo, pero limpiar desaforadamente era tu pasión, era lo que daba sentido a tu vida y lo que la llenaba de contenidos. Ni siquiera soportabas que yo lo hiciera contigo, preferías apartarme de tus dominios nuevamente con gestos agrios. Sin embargo, el día que rayaste la encimera con el juego nuevo de cuchillos, en lugar de usar una tabla, me culpaste a mi por no haber sido yo quien troceara las cebollas. Nunca te cogí el puntillo cariño, ya te digo.
Años llevaba yo pidiéndote que revitalizaras nuestra vida sexual aderezándola con unos toques de lencería sexy y con un vestuario algo más sugerente, pero tu respuesta era siempre la misma: que tú no te ponías eso ni muerta, y te quejabas de mi frialdad y de que sólo te buscaba en la cama los sábados por la noche. Ahora que ya he abandonado nuestra vivienda conyugal, tal y como tú querías que hiciera, veo tangas y camisones transparentes tendidos en el balcón cuando voy a recoger a nuestro hijo los fines de semana. Ahora que lo más cerca que estoy de ti es cuando coincidimos en la calle o en algún local de copas, de punta a punta de la barra, te veo con minifaldas vertiginosas y con las tetas comprimidas casi escapándosete de los escotes, y el puntillo sigo sin cogértelo.

martes, 13 de mayo de 2008

Cita con miss camiseta mojada


Sin duda se trataba de una mujer especial. En su momento fue miss camiseta mojada en los más selectos círculos relacionados con el mundo de la belleza y la moda y, aunque de eso hace ya, aún conserva intacta esa belleza explosiva que provoca que casi todos la miren con cara de sátiro vocacional. Yo he tenido acompañantes bastante atractivas, modestia aparte, a las que en ocasiones miraban y tal, pero ésta, con mucho, resulta ser la más irresistible a las miradas de todo tipo. Para mí ha sido una experiencia nueva estar al lado de semejante ejemplar y conocer el regustillo que se experimenta cuando, delante de toda esa fauna varonil expectante, uno coge de la cintura a la chica y le da un achuchoncito elegante, como quien no quiere la cosa. Por cierto que, a todo esto, miss camiseta mojada, que conocía perfectamente el significado de la maniobra, exhaló, entre irónica y aparentemente decepcionada, “hombres”.
Yo siempre he estado al otro lado, donde los mirones, que es mi lugar natural por definición, pero esta vez, fíjate tú por dónde, me ha tocado estar en el escenario, observando con asombro las caras de todos los tipos que, con más o menos descaro, andan deleitándose con todo tipo de pensamientos. Si lo sabré yo. Y me pregunto ¿cómo será mi cara cuando estoy en esa situación? Observo entre el tendido y veo a uno con el mismo aspecto de cateto alegre que el marido de la nietísima, nerviosísimo y tamborileando con los dedos en la mesa compulsivamente; veo a otro con aspecto pulcro y aire desenfadado, un estilo a Mark Anthony pero sin sandalias y con reloj caro, que miraba cautelosamente cuando su mujer no lo veía. Posiblemente este tendría éxito con miss camiseta mojada si se diera la ocasión y creo que me supondría una seria competencia. Mirando más disimuladamente los había en grupo, ataviados con la indumentaria de salir a tapear con la mujer y los compañeros los domingos por la noche. Estos acabaron cortándose porque unos y otros se dieron cuenta de lo que sucedía. Confieso que estando en esta situación me asaltaron ciertos pensamientos inquietantes. Como alguno sea picoleto me va a costar unos puntitos la chulería de salir con esta tía, ya verás. Pero el rostro más terrorífico era aquel cercano de la mesa de atrás, el del tipo que miraba boquiabierto con una ceja levantada a lo Mr. Bean mientras la mujer regañaba al hijo porque le estaba pegando al niño de la mesa contigua. A este no, por favor, a este sí que no quiero parecerme. Me estremezco sólo de pensarlo.
Por su parte, miss camiseta mojada, curtida y conocedora del poder de sus caderas, se movía elegante y cómoda entre tanto punto de mira y visión radioscópica. Uno no puede menos que sorprenderse observándola ir y venir, al lavabo, sonriente y ajena a todo el complejo mundo de deseos que provoca a su paso. Sería maravilloso que a los hombres nos pasara eso. Yo me volvería loco imagino.
Un amigo mío dice que la vida tendría que ser como en los puticlubs, con mulatonas culonas, valquirias nórdicas y latinas suculentas ofreciéndote, al paso, placeres exóticos y amores duraderos y fieles para satisfacer su propia necesidad, siendo todo real y sin que te pidan setenta euros. Lo primero que te entra ganas de decir al oír esto es “y una polla también”, pero no, yo le doy la razón y me sumerjo en mis propias ensoñaciones imaginando un mundo así y, a veces, esto da paso a todo tipo de reflexiones filosóficas, sobre el sentido de la vida, que me tienen ocupado largamente. Por cierto que a miss camiseta mojada, que no es de piedra y ya es cuarentona, también se le va vista cuando pasa algún maromo musculoso y alto. Pobrecita, al fin y al cabo es humana también. ¿O no?

martes, 29 de abril de 2008

Hay que ver como está el patio

Aún me queda algún que otro amigo que sigue casado. Son pocos y están inquietos. Hasta no hace demasiado nos miraban, a los amigos separados o solteros, con cierto distanciamiento; como quien oye hablar de un accidente de coche pensando que son cosas que les ocurren a los demás e, incluso, hablaban con sus mujeres sobre el tema. Ya sabes, conversaciones del tipo: “pobre Pepe, lo ha dejado sin un duro y encima pagando trampas“, “quien lo iba a decir, con lo buena persona que es José Luís y se ve solo en un piso de alquiler” ,“se le ve muy dejado y triste y no lo merece”, “le ha hecho la vida imposible hasta que lo ha echado” ha tenido cuernos hasta última hora”…y la mujer, que es amiga de la ex, efectivamente, confirmaba la situación y aportaba cosas desconocidas por su cónyuge, tales como las influencias que ha tenido de otras amistades que la alentaban a la separación, lo mucho que cambió cuando entró a trabajar en el hospital de cuidadora, como se desmelenó en la comida de empresa por navidad y alguna indiscreción sobre un viaje que hizo para acudir a unas jornadas laborales.
Por nuestra parte, miramos a nuestros amigos, aún casados, con cierta admiración incrédula, de la misma manera que mirábamos, a los veintitrés años, a los primeros que empezaron a aprobar oposiciones, preguntándonos ¿y eso cómo se hace? A aquellos en su momento y a estos ahora, los sublimamos dotándolos de un halo que los distingue como seres especiales que viven su existencia en un nivel más digno. Son, tal vez, nuestra última esperanza y el ejemplo más cercano de que es posible una vida mejor, aunque en el fondo estemos pensando que, en algunos casos, es sólo cuestión de tiempo.
Hasta ahora habíamos podido contar con ellos para corrernos alguna juerguecita que otra y los oíamos decir aquello de “quien pudiera estar como vosotros”, incluso nos reconfortaba oírlo y nos hacía pensar que alguna ventaja teníamos que tener, pero no veas como está cambiando el cuento. Hace tiempo que no se oye esa célebre frase y ahora hasta parece estúpido que alguien la diga. Nuestros amigos, aún casados, están conociendo, a través de los muchos casos que los rodean, los rigores del abandono y los efectos devastadores que produce en la salud y la economía. Saben que no es lo mismo estar solo a los treinta que a los cuarenta y seis y ya no bromean con las bondades de la soltería. Siempre se han quejado de los gastos que produce una familia y ahora saben que la separación es la ruina total.
En verano, nos ven quedarnos en casa mientras ellos van a la costa, tan ricamente, con la mujer y los chiquillos a disfrutar de unos días en la terraza del hotel al relente marinero y les aterra pensar en como sería si no tuvieran lo que tienen. Ahora, como ya digo, están inquietos, ven como el círculo se estrecha y se van sintiendo acorralados. Tienen un mosqueo de un par de narices y se preguntan si serán los próximos en oír aquello de “ya no siento nada por ti y es mejor que nos separemos”. No hay manera de controlar los imponderables, pero se sabe que en los pueblos pequeños hay menos separaciones y que los moteros y los ramplones tienen menos posibilidades de quedarse solos que los que tocan el clarinete en la banda municipal. No obstante, tampoco es plan de comprarse una Harley o de irse a vivir a Arjonilla.
Para nosotros, el concepto de familia y los valores que conlleva ha pasado a ser algo propio de la mafia y tal, pero para ellos, ya ves tú, aún es una realidad de la que son más o menos conscientes. Entre nuestros amigos, aún casados, los hay que todavía les dicen a su mujer, delante de nosotros, “cállate que no llevas razón“ y, ¡oh maravilla!, no les pasa nada, quedan impunes. Yo, por supuesto, contemplo la escena entre estupefacto e incrédulo y no puedo evitar pensar: verás tú el capullo este. No sabe lo que está haciendo, pero hay que reconocer que los tiene bien puestos el muy inconsciente. Otros en cambio, más observadores e inteligentes, han puesto sus barbas a remojar y están experimentando una reconversión. Desde hace un tiempo, llaman a sus mujercitas desde el trabajo preocupados por una mala cara al levantarse, dejan a los compañeros al mediodía para ir a tomarse la cervecita con ella y en lugar de echar canitas al aire, como antaño, compran frecuentemente un sucedáneo mas barato de la viagra. Hay que ver como está el patio.











domingo, 27 de abril de 2008

Papelitos, papelitos, papelitos.

Yo era de los que tiraban los recibos y las facturas a la basura inmediatamente, incluso sin mirarlos. Nunca cogía el ticket en el supermercado y, en general, jamás guardaba otros papeles que no fueran los poemas o las letras de canciones que iba componiendo y acuñando. Pero de eso hace mil años, en una vida anterior y despreocupada que ahora me parece ajena y onírica. Yo, que siempre me he negado a la tiranía del papeleo, hoy miro con estupor las carpetas donde archivo papeles y papeles y, precisamente, lo que no encuentro desde hace años son los poemas y las canciones. Ahora el canto a la vida tiene otros textos más prosaicos y no son otros que los que contienen la carpeta de recibos del banco, con hipoteca, préstamos, domiciliaciones y otros conceptos; la carpeta de pólizas de seguros con el seguro del coche, el seguro de la vivienda y el seguro de vida; la carpeta de contratos con las entidades de suministro de gas, de luz, de agua, de teléfono, de internet, y de televisión por cable; la carpeta con las declaraciones de la renta y con los recibos de contribución; la carpeta con los documentos de la entidad médica; la carpeta con las licencias, permisos y títulos, la de…ufffff, marea sólo pensarlo. Ahora mismo estoy viendo sobre la mesa unos cuantos sobres abiertos que esta mañana he recogido del buzón y ahí permanecen, junto con los acumulados de toda la semana, esperando ser debidamente clasificados y archivados, pero me da pereza, y postergo esta acción hasta el momento oportuno, que suele coincidir con la limpieza semanal o con una recogida rápida de lo que hay por medio si es inminente una visita. Eso si, tengo la norma de no cambiar de lugar los papeles, de manera que cuando los toco es para guardarlos definitivamente. Supongo que más que por pereza es por repelús. Esta clase de papeles los manipulo con cierta tensión y con claro desagrado; como quien lava los platos acumulados en el fregadero después de tres días. Lo del fregadero no es mi caso porque tengo lavavajillas con sus correspondientes facturas y recibos.
-Un día tengo que buscar la carpeta de aquellos poemas al amor y a la ciudad-, me digo mientras abro un armario y miro carpetas y carpetas de apuntes de la facultad y de las oposiciones apiladas al fondo. Pienso que tengo que plantar un árbol para compensar mi consumo de celulosa durante todos estos años. ¡Que alguien plante un árbol por mi! Una cosa es tener un arrebato ecológico y otra cosa es ir a comprar el arbolito, buscar un vivero, encontrar aparcamiento y ponerme unas botas un domingo por la mañana para encontrar un lugar donde hacerlo, que esa es otra; habrá que documentarse un poco, porque no creo que prospere cualquier árbol en cualquier suelo ni que te dejen hacerlo en cualquier lugar, y la verdad, que para hacer una labor inútil, mejor estarse quieto y mandar el dinero a una asociación para la reforestación de zonas calcinadas, a pesar de que lo reconfortante sea el acto de hacerlo uno mismo.
Mi cartera es una papelera llena de papelitos que se me caen por doquier cada vez que la abro para coger la tarjeta y enseñarle el deneí a la cajera del supermercado que, una vez cotejado con aquella, me obsequia, a cambio de mi firma, con otro papelito que, a su vez, pasa a engrosar el caos de papelitos arrugados que la habitan y me dificultan el poder encontrar un arrugado papel moneda de cinco euros para alquilar una película en el videoclub. No es una estúpida manía sin sentido, que va, en absoluto. Todo tiene un por qué y esto también. Si paso con el coche por la ventanita del mc donalds, siempre me dan un ticket antes de servirme las hamburguesas y me dicen que me espere más adelante a que una chica me las saque, En ese momento pienso: ¿y si me falta el cartucho de patatas de luxe como las reclamo?, con lo cual introduzco, en un acto reflejo, el papelito en la cartera junto con el resguardo de la gasolinera y el de la zona azul, el vale descuento del supermercado, el comprobante del cajero, el de haberle puesto saldo al móvil y los tickets de la caja registradora y del restaurante.
Antes me ocurría que, cada vez que consultaba los movimientos de cuentas por internet o en la carta mensual del banco, pasaba una tarde angustiosa con la certidumbre de que el mundo conspiraba contra mi, consumiendo mi saldo lenta, sutil e inexorablemente. Nunca sabía a qué correspondía tanto gasto anónimo y notaba que mi propia vida escapaba a mi control. No tuve más remedio que guardar todos los comprobantes como única posibilidad de ser un poco dueño mi rumbo o, al menos, conocedor del mismo. Ahora sé en todo momento a qué obedece cada uno de los movimientos que se reflejan en mi cuenta y cuando aparece uno, del que no tengo recibo o comprobante, comienzo una guerra hasta aclarar su origen. Tengo todo tipo de estrategias para ello; desde poner en cuarentena la cifra, hasta que recibo comunicación por correo, a llamar al banco directamente, pasando por todo tipo de consultas retroactivas y comprobaciones. Sólo después de ser cotejados debidamente, tiro los comprobantes a la papelera y miro con alivio mi cartera, gozando de ella durante el poco tiempo que va a permanecer diáfana.
En una ocasión infame, hace ya tiempo, tuve la necesidad imperiosa de entrar en un servicio público; y digo imperiosa con toda seguridad porque de no haber sido así habría evitado entrar en este lugar para estos menesteres. Como quiera que el servicio no disponía de papel higiénico, no tuve más remedio que usar uno de los ticket del carrefour para realizar la toilete. Hasta aquel momento, los resguardos no eran todavía tan importantes en mi vida y aún me permitía, sin ningún tipo de desasosiego, hacer este tipo de cosas. No era la primera vez, ya lo había hecho en otras ocasiones con secreciones nasales, con las flemas inoportunas de algún estornudo o para limpiar la varilla después de comprobar el nivel de aceite del coche. Inconsciente de mí; en aquella ocasión, el ticket que usé, para tan escatológico fin, resultó ser el del reproductor de deuvedé que había comprado un rato antes, el cual resultó estar defectuoso. Fue imposible descambiarlo sin el ticket de compra por más que en la caja central supieran que el aparato era del centro comercial y que el vendedor al que le pregunté asegurara haberme atendido hacía un par de horas. Aquel episodio exacerbó mi paranoia con los todopoderosos papelitos y, desde entonces, cada vez que compro un despertador, un calefactor, unas pilas recargables o cualquier aparatito no fungible y susceptible de estropearse, los grapo junto con el manual y la garantía y los voy depositando en una caja de cartón.
Rebelarse es algo innato al ser humano y yo, a veces, me rebelo y tiro un ticket, pero siempre que no haya pagado con tarjeta y no se trate de otra cosa que un kilo de tomates. En esas ocasiones miro con recelo el papelito y me permito el lujo de arrojarlo lejos de mi en un acto más simbólico que revolucionario, evidentemente. En un mundo donde todo se refrenda y se valida con papelitos aún existen lugares donde es posible la liberación. Comprar en un bazar de chinos o poder escribir y publicar sin necesidad de papel, como ocurre con este blog, así lo demuestran. Lo del bazar chino tiene su explicación. Los chinos, tal como pude comprobar esta semana santa en mi viaje a Pekín, son muy listos y no necesitan ticket para saber que hace tres días les compraste un muñequito bailarín que canta en mandarín. Otra cosa es que te lo descambien si se te rompe al día siguiente.

domingo, 13 de abril de 2008

Lo que hace el aburrimiento

Mis largos días con sus interminables noches, a veces, pueden llegar a resultar de lo más extraño; como ustedes podrán comprobar en este relato que no por increíble resulta ser incierto. Cómo mucho algo alegórico, pero sin duda riguroso en cuanto a la exposición de los hechos y la presentación de los datos.
Dada mi condición de separado solitario y cuarentón, mis derroteros no dan para mucho más que vivir la pasión desenfrenada de los días de fútbol y algún que otro escarceo con las chicas de mi edad. Salvo por estas pequeñas debilidades, propias de fin de semana, y siempre que haya liga o salte la liebre en algún lecho ajeno, las horas suelen pasar tediosas y lentas. Lo que hace el aburrimiento, hay que ver.
A mí me da por ir al pub de la esquina y ponerme a hojear el periódico, que a esas horas ya está manido y lleno de lamparones y, una vez que lo tengo visto, me da por ponerme a observar, con discreción, a la gente que entra. He visto de todo, a mi lado, en la barra; desde una rusa hablando por el móvil con acento de espía en una película de James Bond hasta el fantasma de un desaparecido. Al final, la rubia resultó ser una trabajadora sexual que se cita en el local y el desaparecido, su hermano pequeño que, años después, es idéntico al finado. Pero entre unas cosas y otras, uno se monta su película y las tardes discurren de lo más distraídas. De todos los visitantes del pub, ayer apareció el que a mí, con diferencia, me parece el más desconcertante. Qué tío más raro. Pocas veces suelo interaccionar con los parroquianos, pero esta vez fue él quien se sentó a mi lado y permaneció, durante un rato, mirándome y callado hasta el punto de incomodarme.
- ¿Oye nos conocemos?, le pregunté ante su insistente actitud.
El tipo, de pelo rubio, casi albino, me contestó que sí, que desde hacía tiempo habíamos compartido muchos malos y buenos momentos, y continuó mirándome y hablándome con su comedida sonrisa de Gioconda. Que tío más lechoso, este es noruego por lo menos, pensé. Es más, le falta el canto un duro para ser tía. A este le pones unas botas de tacón, una cazadora roja, le pintas los labios y pasa por protagonista de película porno. Ví clara la broma, no es que quisiera seguirle el juego, pero me sentí intrigado por el personaje. Así tan amaneradito, tan indefinido, y con ese perfume intenso a jazmín...este tío va ser gay, ya verás. Lo dice la ley de San Andrés; el que lo parece es que lo es. No falla.
Reconozco que era guapísimo y que incluso parecía emitir un fulgor tenue que lo rodeaba como un halo, de manera que, sin cortarme un pelo, le pregunté:
-¿Y tú que bebes, tío? Te encuentro brillante; no sé si es el neón que tienes encima, pero nunca había visto algo similar.
-Es que los ángeles brillamos, y yo soy tu ángel de la guarda. Vengo a comunicarte mi dimisión, respondió.
Me quedé examinando su aspecto similar al del cantante de Nirvana vestido con traje a lo Travolta mientras, con tono grave, pero sin perder ese único gesto suyo, semejante a una sonrisa mosqueante, seguía diciéndome:
-Vale que tengas el azúcar a doscientos y sigas bebiendo cubatas, vale que hayas vuelto a fumar después de dos años, vale que hayas dejado de hacer ejercicio, vale que te hayas atrevido a enfrentarte a tu jefe o que a estas alturas quieras hacer oposiciones a la administración de justicia, pero esa afición tuya por las separadas cuarentonas está acabando con tu salud mental y, contra eso, no hay dios que pueda echarte una mano. A tu edad: abstinencia o puticlub, como está mandado, pero últimamente te estás luciendo. No se te ocurre otra cosa que salir con la ex de tu amigo los fines de semana que él tiene a los niños e irte con él, al Daniel´s, los sábados alternativos que los tiene ella. Tu muerte moral y la de tu equilibrio mental es inminente, así que yo, desde este momento, abandono, me largo, no te aguanto, porque es que además me caes como el culo…Y sin dejar de lucir su sonrisa angelical; ese gesto perfecto y único que mostraba su semblante aunque sus palabras me estuvieran condenando a la desprotección divina, se levantó y se fue, dejando tras de sí un rastro de pequeñas plumitas blancas flotando. ¿Ves las plumitas? Ya lo decía yo que San Andrés no falla.
Joder, lo que hace el aburrimiento oye, iba pensando al salir del pub, para dirigirme a mi casa, cuando en ese momento, al torcer la esquina, dos tipos me pusieron contra la pared e inmovilizándome con una torsión dolorosa del brazo me quitaron el reloj y diez euros que me quedaban en el bolsillo. Como me resistí y protesté, encima, me llevé dos hostias. Para colmo, esta mañana me ha llamado mi editor rechazando mi última novela y con una amiga he pegado gatillazo. Hace un rato me he tenido que volver del pub porque Manolo dice que no me pone más cervezas, asegurando que ayer me dio por hablar solo durante un buen rato en la barra y que al salir me caí en la esquina.
¿Serán estas las primeras consecuencias de no tener ángel?