visitas desde el 23/07/2008

sábado, 15 de diciembre de 2007

Mis diálogos con Pedro y Javier. (I )

Hace mucho tiempo, en el intervalo que transcurrió entre "La mirada del espejo" y el "Subir subir", Hilario vino a actuar a mi pueblo. ¡Emoción! Sus carteles decoraban las calles de mi ciudad, sus ojos limpios e inteligentes nos miraban a todos desde detrás de sus lentes redondas; que a mi me parecían estéticamente coherentes con su pelo hirsuta. Hubo un tiempo en el que esos dos elementos estéticos (pelo rizado y gafas redondas) a mí me parecían ineludiblemente sintomáticos de personas interesantes y espiritualmente elevadas y, de hecho, creo que no erré mucho el cálculo, pues todas las personas que conocí y que respondieran a esta estética, sin duda, resultaban ser diferentes en muchos sentidos. Eran personas intelectualmente activas y grandes fumadores de porros. Yo, que tanto adoraba esa estética, no podía estar más lejos de ella, mi aguda visión y mi pelo lacio, como cola de caballo, además de lo mal que me sentaban los porros hacían de mí algo totalmente diferente a lo que adoraba. Esto, como ya habréis pensado es una estupidez, porque lo importante es el contenido más que el continente, pero pensad que todos, de alguna manera, nos hemos identificado con alguna imagen y lo que esta representa al menos una vez en nuestra vida. Bueno, a lo que iba, el caso es que desde el momento en el que vi el cartel hasta el día de la actuación aún faltaban un par de semanas, y no sabéis hasta que punto la impaciencia se adueñó de mi. La única vez que yo había visto a Hilario fue en la tele cantando el final del viaje...¡Hostiassssss...que pasada!...vestía una chupa militar y hacía gala de un torrente de voz increíble que emitía notas casi improvisadamente, notas que componían una melodía que parecía ser liberada por un instrumento impensable y con capacidad de atravesarme como un rayo. Si habéis reparado en aquel solo de voz que interpretaba después de la letra, en aquella canción, sabréis de lo que os hablo. Creo que aquello fue mi primera invitación al jazz, que hoy en día comprendo mejor y amo. Oír a Hilario era captar un montón de sensaciones que a su vez él había captado y refundido en su estilo personal. Nunca había oído algo igual. Ahí está su grandeza. Llegó el momento de la actuación o, mejor dicho, la noche en la que actuaba. Allí estaba yo, en la puerta con mi entrada en la mano y mi novieta en la otra. Una rubia guapa y ajena a todo esto que por entonces ocupaba mi corazón. Era una caseta de feria enorme, con capacidad para dos o tres mil personas al menos, y tal vez me quede corto, no sé, nunca se me han dado bien esos cálculos. Pues estaba llena. Llenetita hasta la bola. Entré y aún faltaba un buen rato para que empezara la actuación, de manera que la chavalita (hoy madre de familia y felizmente casada mientras que yo sigo siendo un bala) y yo, fuimos a buscar un sitio lo más cerca posible del escenario. Alguien me dijo...oye...¿has visto a Hilario camacho?...está en la barra hablando con nuestro compañero de clase, Ostras...¡no me digas!....Y sin dudarlo arrastré a mi acompañante hasta la enorme barra de caseta de feria, la cual recorrimos de cabo a rabo hasta que dimos con él. ¡JOOOOOOderrrrrrrr!ahí estaba; pasando desapercibido entre el gentío que había entrado a ver la actuación. A mi me parecía extraño, pero ahí estaba, hablando con un compañero mío del instituto y tomando una copita con él. Me quedé mirándolo,atónito, de los píes a la cabeza. ¡Era tan pequeñito!, y yo que me había imaginado algo enorme viéndolo en la tele con aquel vozarrón y esa chupa militar....
La rubia me miraba a mi y lo miraba a él y se reía y después de un rato de ver mi cara de gilipollas va y me dice....¿Y ahora qué? ¿te lo vas a comer con papas o nos podemos ir ya? Como un zombi me acerqué y le pedí un autógrafo que él me firmó en un papel platina de un paquete de tabaco; autógrafo que aún guardo junto a otro de Alan Parsons, y le pregunté que si iba a cantar también canciones antiguas o sólo del último disco. Él me contestó de la forma más sencilla y se dirigió a mí igualmente, con toda la sencillez y la candidez de la que solo son capaces los grandes de verdad. ESOS FUERON MIS TREINTA SEGUNDOS A SU LADO, INOLVIDABLES COMO VEIS.

Mis diálogos con Pedro y Javier. (II)

A cambio de tu historia te voy a dar otra historia pequeña y entrañable que aconteció en este pueblo, en el escenario de tablas y cajas que se hizo en un pub en el que actué hace algunos años. Yo, que más que cantautor, me considero “cantató” porque he cantado desde paquito el chocolatero (que no tiene ni letra) hasta música profana del siglo XII, pasando por gorgoritos tiroleses y gregoriano máquina total, hoy, mirando por la ventana, recuerdo mis hazañas de juventud.El tiempo ha pasado y yo he pasado de principe azul a casi viejo verde, pasando por ponerme moraooooo. Un buen día o, mejor, una mala noche, tomando una copa en un pub sucedió que una hermosa sílfide no dejaba de mirarme y yo, curtido en lances nocturnos, me dispuse a citar a la novilla muy cerca de las tendillas (como canataba pabellón),pero he aquí que la posible receptora de mi faena taurina con luz encendida me dice....¿Va usted a utilizar la banqueta?....HOSTIASSSSSSSSS desde ese día ya no soy mismo, chaval, ¡me llamó insidiosamente de usted!...y en ese momento comprendí la insidiosa realidad que me sobrevenía.Ya no había nada que hacer, aquel episodio de la banqueta supuso un antes y un después en mi relación con la vida, desde entonces mis canciones favoritas ya no son ”nena quiero besarte”· o “el agua en tus cabellos”, ahora suelo oír "¿dónde está la vida?”o “sentado en el muelle de la bahía”....bueno...sigo.... En aquel pub en el que actuaba esa noche estábamos ecualizando y una vez terminada la labor estábamos probando sonido general interpretando “cuerpo de ola”. En eso que llegó un tipo de unos cuarenta y tantos con un mono azul de repartidor y unas cajas de licores. Una vez que soltó la carga exclamó...¡coño Hilario camacho! y se quedó a oír la canción entera.Una vez terminada me dijo: Ostras chaval...me has dado una alegria...por tu madre...cántame otra de Hilario antes de irme. Viéndolo disfrutar mirándome y oyendo aquella canción no tuve más remedio que cantarle otra que teníamos preparada."¿Dónde está?era la canción, esa inédita que introdujo en el disco en directo. El caso es que al chaval casi le cuesta una multa porque había dejado el camión en doble fila cortando la calle. Lo que iba a ser un minuto para subir unas cajas se convirtió en un paréntesis de un cuarto de hora que este señor se otorgó para disfrutar de un par de canciones de hilario.Yo oía los coches pitar desde la calle pero no quise romper aquella magia...

viernes, 14 de diciembre de 2007

Sobre mi discografía



Sólo dos trabajos editados y un par de maquetas que recogen el trabajo de estos últimos años.
En 1995 se edita: “Todo lo que fuimos” con las siguientes canciones:


Cicatrices.
Quiere saber
Si estoy contigo
¡Ay puerta!
Bailar, bailar
Todo lo que fuimos
Un amanecer
Sospechas
Un lugar en la ciudad
El fuego de tu piel
Uno que conozco
Mi 50 %
La escena



En 2001 se edita “Algo real

Sola
Mamajuana
No tengo prisa por llegar
El licor de la impaciencia
Del faro a la bahía
Algo real
Razones para huir
Tan divina
El licor de la impaciencia (versión acústica).




Existe una maqueta que, bajo el nombre “verdades relativas”, recoge todos los temas compuestos y grabados estos últimos años.

Vivir sin ti
El bolero de Ivonne
Serenata
Vino en barco, se fue en avión
Un lunes por la mañana
Me extiendes unas alas
Maldita pasión
Algo contigo (versionando el conocido bolero)
A tu lado
Desde hace algún tiempo
En tus canciones

Índices de audiencia (relato)

____________________________







Un fragor contundente ha resonado por toda la avenida haciendo saltar las alarmas de los coches que se encontraban cerca de la explosión. La onda expansiva apenas si ha roto algunos cristales de los edificios circundantes, y no ha habido victima alguna que no sea la de una simple arritmia debida al sobresalto mientras dormían. Quienes han hecho reventar el antiguo monolito de la rotonda han buscado no provocar accidente humano alguno y lo han logrado. En torno a las cinco de la mañana no pasa más de un automóvil por allí cada diez minutos y, precisamente eso, parece ser que era el objetivo: derribarlo sin provocar ningún otro daño. Apenas dos horas más tarde, media ciudad invadía esa arteria principal de la ciudad para ir al trabajo. Media ciudad que miraba desde la acera, desde la ventanilla del coche o desde su sitio en el autobús aquella mole derribada sobre el césped. Demasiado temprano para pensar o hablar del hecho, de manera que los, todavía adormecidos, habitantes de la ciudad pasan sin apenas decir nada al respecto, sólo miran y siguen su camino. En la radio, no obstante, empiezan las primeras especulaciones; la impresión general de todos los locutores es lo extraño del suceso. No se ajusta a nada de lo conocido en estos tiempos, y nada parece explicar a qué se debe. Nadie reclama su autoría y ni de lejos se acerca a un atentado terrorista. Por otra parte, no parece ser, en absoluto, un simple acto vandálico, como podría ser la quema de contenedores o algo así, más bien parece el trabajo de un especialista. Los primeros informes de los periodistas desplazados hasta la zona apuntan hacía un atentado perfectamente planificado y llevado a cabo por expertos. Todo indica que se ha determinado a la perfección la cantidad de explosivo a utilizar y el lugar exacto en el que colocar la carga para derribar la estructura de piedra sin causar desperfecto colateral. Todo se ha ejecutado con una perfección milimétrica. Según iba transcurriendo la mañana, se fueron llevando a cabo las primeras pesquisas por parte de la administración. En realidad, lo único que había en esos momentos era confusión y teorías de todo tipo en los debates radiados a los que acudían representantes de la policía local y del ayuntamiento. Los más cautos sólo decían que habría que esperar para tener datos concluyentes e invitaban a la ciudadanía a que estuviera tranquila. Otros llamaban por teléfono a las emisoras y argumentaban todo tipo de teorías disparatadas, en las que no faltó quien dijo ver a un par de ancianos alejarse del lugar de los sucesos, poco antes la deflagración. Pero lo más sorprendente, lo que más desconcierta a la policía, a los medios de información y, por consiguiente, a la opinión pública, es el informe que a media mañana emitieron las autoridades, según el cual, el material utilizado era un obsoleto explosivo muy común en la guerra civil.
Desde una cabina de teléfonos en las afueras de la ciudad alguien llamaba a la emisora para participar en el debate sobre el incidente, era una voz anciana pero no exenta de vitalidad y firmeza; una voz fibrosa y densa que reclamaba la autoría diciendo así:
-Buenos días, llamo para deciros que hemos sido los supervivientes de la resistencia los autores del derribo del monolito. He creído conveniente llamar para que cesen las especulaciones y las confusiones, y el país se entere del sentido que ha tenido la acción.
-Buenos días, respondió un contertulio del debate abierto aquella mañana a raíz de lo sucedido, y prosiguió preguntando: ...¿usted se llama?
-No voy a contestar esa pregunta, respondió el anciano.
-Y...¿ que edad tiene usted caballero?
-ochenta y dos recién cumplidos.
-¿Me diría usted por qué ha derribado el monolito?
-Le diré simplemente que tenía que caer, que ya era hora.
-¿Iba usted solo cuando perpetró la acción?
_Tampoco voy a responder a esa preguntar, volvió a contestar el anciano.
-Usted lo que tiene son ganas de tomarnos el pelo a todos caballero. Lo primero que tiene que hacer es identificarse, y después ir a entretenerse jugando al dominó en lugar de efectuar llamadas a un debate serio, que es justamente lo que estábamos tratando de hacer hasta que llamó usted. Pero tendrá que ser el moderador quien decida si proseguir con su intervención o prescindir ya de ella para continuar con la investigación.

En aquel momento la voz del anciano ganó en dureza expresiva a la vez que en elocuencia.
-Mire caballero, ustedes pueden cortarme el teléfono cuando deseen, lo único que trato de hacer es aclararles lo sucedido. Por supuesto pueden seguir horas y horas hablando de lo mismo y confundiendo a la audiencia, pero la verdad es la que he contado.
El moderador decidió dejarlo hablar un poco más. Al fin y al cabo era la intervención más interesante que se había producido hasta el momento y aquel señor parecía no ser ningún patán.
-Lo que estoy dispuesto a decirle, si está usted dispuesto a oírme, es que serví en el ejército republicano durante el último año de contienda. A continuación pasé a formar parte de los grupos de resistencia que se establecieron en esta zona montañosa cercana. Puedo decirle el día exacto del año cuarenta y uno en el que levantaron ese monumento a la ignominia, y el día exacto que recibimos la orden de derribarlo. Sepa usted que ha permanecido ahí por una sucesión de acontecimientos fortuitos, pero que su fin estaba determinado desde hacía muchos años. Hoy puedo decir que la misión ha sido realizada con éxito.
El debate fue ganando en interés y los índices de audiencia se dispararon después de aquellas palabras que abrían al menos una línea de dialogo nueva e inquietante. Y precisamente por una cuestión de índices de audiencia, más que de credibilidad, se le dejó seguir hablando a este señor y los tertulianos siguieron preguntando. Pero aquel señor no estaba dispuesto a seguir ningún interrogatorio, por lo que continuó hablando a su libre albedrío. La única pregunta que contestó fue la referente al tipo de explosivo, a la cantidad utilizada y la ubicación de la carga para provocar aquel derribo tan perfectamente ejecutado, si se tiene en cuenta que ni un solo cascote hirió o provocó daño alguno en las inmediaciones, y que la totalidad del monolito cayó derruido hacia el mismo lado, dentro de la rotonda; sin que ningún trozo interfiriera siquiera el trafico. Fue aquel conocimiento exhaustivo y certero lo que alertó a la policía, que en seguida se personó en la emisora, indicándole al locutor, a través de una nota, que siguiera hablando con aquel hombre hasta que localizaran la llamada. Pero aquel hombre ya había supuesto que algo así había ocurrido cuando notó una extraña y sospechosa receptividad en sus interlocutores, y anunció que volvería a llamar pasados unos minutos. La policía estuvo en jaque durante largo rato mientras este señor cambiaba de cabina telefónica cada cinco minutos. Más que por miedo a ser detenido; que ya nada tenía que temer, por la oportunidad de poder aprovechar inteligentemente la ocasión que le estaban brindando de hablar; de hablar lo que le daba la gana por primera vez en público, ante una audiencia considerable.
Durante la segunda llamada confirmó que los explosivos eran efectivamente de la guerra civil, provenientes de un excedente que aún andaba guardado en un zulo en el monte al que había vuelto a ir hacía un par de días, para revisar y coger los que aún estaban útiles, y siguió diciendo:
-Sepan ustedes que ese monolito debió haber caído el día veintitrés de agosto de mil novecientos cuarenta y uno, día en el que estaba prevista la primera acción, tanto a nivel humano como logístico, pero un simple dolor de muelas, que resultó ser insoportable, impidió la misión aquella madrugada, y los siguientes días anduve escondido por el monte enjuagándome a todas horas con alcohol, después de que una extracción a base de tenaza y anís Machaquito me provocara una hemorragia y una infección galopante en las encías. Para cuando hubo pasado el dolor los explosivos y el apoyo estaban siendo utilizados en otra misión lejos de aquí.
A continuación volvió a colgar el teléfono y a buscar otra cabina a sabiendas de que andaban esperándolo en el debate, que para entonces se había convertido en un asunto casi de estado, seguido por todas las autoridades civiles de la zona.
En la tercera llamada se dispuso a relatar el siguiente momento en el que el monolito se salvó milagrosamente de la quema. La expectación que había levantado a esas alturas era algo que no ocurría en la historia de la radio desde hacía mucho tiempo.
-También deben saber ustedes que la segunda vez que iba a ser derribada tuvo lugar dos días antes de la incursión desde Francia para realizar la ofensiva del Valle de Aran, donde tuvimos que acudir casi de improviso con todos los recursos. Como ven, una vez más tuvo que esperar la acción, la cual ya se había convertido en un objetivo importante, más por una cuestión de moral que por la importancia estratégica o militar; que como podrán imaginar no era mucha, ya que el objetivo era más amedrentar y hacer mella psicológica que eliminar elementos subversivos. Pero llegó la tercera ocasión, y esta vez sí que se colocaron las cargas y se accionó el detonador. Lamentablemente aquel material estaba defectuoso y no pudo completarse la misión.
Para la última llamada volvió al primer teléfono que había utilizado. En la emisora, el debate seguía y se interrumpía inmediatamente, con toda expectación, cuando este señor aparecía de nuevo con otra llamada.

-La última vez que no pudo llevarse a cabo fue por motivos más tristes y lamentables. Por entonces las fuerzas del estado infiltraron espías entre nosotros, pero eran fáciles de detectar. Alguien que vive en el monte huele totalmente distinto a como olían aquellos tipos que a pesar de su indumentaria desvaída, similar a la nuestra, destilaban un olor a loción de afeitar inconfundible. Hacía años que nosotros curábamos las grietas de nuestras manos con nuestra propia micción y que la ropa había adquirido un olor a miseria reconcentrada. Pero aún así consiguieron engañar a algunos colaboradores y casi nos cogen desprevenidos a todos en el monte. En aquella refriega cayó algo más que una posición. Desde entonces nada volvió a ser lo mismo, y todo fueron repliegues y retiradas. El resto de la historia...es otra historia. Así que como ustedes comprenderán, simplemente era cuestión de tiempo que cayera, sólo porque tenía que caer. Era una misión pendiente que aquel monolito, desde su esbeltez insolente, me recordaba cada vez que pasaba por allí. Y ustedes se preguntarán que por qué hoy ha sido el día. Pues muy sencillo, porque ayer cayó en un hospital el último de mis compañeros, y de ninguna de las maneras podía yo permitir que el dichoso monolito nos sobreviviera a todos. ¡Hostias, eso si que no!

Todo el dispositivo de seguridad ciudadana andaba a la búsqueda en aquellos momentos del anciano maqui de las cabinas telefónicas. Consiguieron ubicar la primera llamada y hasta allí fueron a personarse cuando este señor estaba terminando su última disquisición. No era difícil dar con él en esas circunstancias, sobre todo porque tuvo el poco acierto de volver a aquella primera cabina ya localizada. Al igual que el monolito, era sólo cuestión de tiempo que también él cayera; curiosamente casi el mismo tiempo, sesenta años.

LAS DUDAS DE SOFIA (relato)


Durante largo rato Sofía había permanecido inmóvil y meditabunda hasta perder la noción del tiempo. Mientras tanto, su mirada anduvo perdida en la escena familiar que muestra la fotografía que hay sobre la mesa redonda; esa que está frente a las cortinas del salón. Siempre ha estado ahí, junto al teléfono, imperturbable como una visión tranquilizadora y omnipresente. A veces, mientras sus ojos vagaban por la estancia, se encontraban por azar con en el contenido de aquel marco de madera, y esto la hacía caer en la cuenta de lo lejano que le resultaba aquel momento en que se tomó y lo distintos que estaban todos ahora; sobre todo después de ver a Cesar merodeando por el salón. Aunque ya no era el niño de carita redondeada que devoraba video juegos, durante largas horas ante el ordenador, siempre ha conservado esa expresión sosegada e inequívocamente suya; esa en la que podían reconocerse fácilmente los rasgos familiares. César es ahora un chico de voz grave que supera el metro ochenta, en el que Sofía puede ver los ojos de papá y esa languidez en los gestos que denota que nada malo puede pasar. Ella nunca sintió la más mínima prisa por que creciera e incluso obviaba, de forma semiinconsciente, detalles que delataban a gritos que Cesar maduraba sin pausa; tanto, que fue él quien tuvo que percatarla un buen día de que ya no era momento de llevarlo de la mano al colegio. Recordaba algunas conversaciones con su tutor de primaria, quien alababa continuamente la excelente labor que estaba haciendo, a pesar de encontrarse sola ante su educación. La eterna pregunta de si habría sido mejor, para él, la presencia de la figura paterna y los muchos pensamientos, inevitablemente impregnados de ciertos sentimientos de culpabilidad, a veces la perturbaban en horas perdidas y, a menudo, hacían mella en la seguridad de sus planteamientos y de sus razones; esa seguridad que le insuflaba fortaleza a diario y que, afortunadamente, siempre estaba presente cuando más la necesitaba. De hecho, de no haber sido por ese talante suyo y un poco de fe, nunca habría estado tan segura de poder salir adelante sola en la ciudad .
Cesar aún seguía yendo al pueblo algunos fines de semana y durante algunas temporadas por vacaciones, pero desde hacía un tiempo se mostraba reticente a hacerlo. Durante aquellos días permanecía en casa de su padre y su nueva pareja o bien en casa de sus abuelos, donde antaño había sido sujeto pasivo de rencores y comentarios que llegaban a sus oídos por parte de unos y otros. Pero ya nadie pregunta ni dice nada, porque incluso las cicatrices más indelebles hacía tiempo que desaparecieron y aquel ruido tórrido de cristales rotos pasó, paulatinamente, a convertirse en un frío murmullo que por fin, dio lugar a un silencio pactado tácitamente.
Sofía decidió un buen día que había llegado el momento de acabar con su enclaustramiento en casa de los padres de su ex marido; donde vivían, todos juntos, en una suerte de convivencia matriarcal en la que se sentía anulada y no tenida en cuenta por un hombre que vivía, cómodamente, siguiendo las directrices de su todopoderosa madre; un hombre que siempre desoyó las palabras de su mujer reclamando intimidad y vida propia. Largos años le costó madurar aquella decisión, pero no pudo aguantar por más tiempo y ante el estupor y la incomprensión de todos, incluso de su propia familia, quienes al principio no la apoyaron, salió de allí segura de sobrevivir. Su primera apuesta fue comprar un pisito en la ciudad con el dinero que obtuvo de la venta de algunas tierras en el pueblo tras el reparto, y comenzar allí una nueva vida llena de oportunidades y de ventajas para el chico. La universidad estaba dos calles más allá y pensó que siempre tendría más donde elegir llegado el momento. Al principio, sólo contaba con su fuerza y con un dinerito que le iba a permitir cierta autonomía hasta encontrar trabajo. Afortunadamente, el chico parecía adaptarse bien a su nueva vida, y ella pronto encontró cierto alivio a su soledad en su amistad con algunas vecinas y conocidas con las que coincidía en el parque, cuando bajaba algunas tardes con el pequeño César. Una vez leyó que las relaciones humanas deben entenderse como las noches de los erizos, esto es, manteniéndose cerca de los demás para darse calor mutuamente, pero no hasta el punto de pincharse, y así lo hizo, convencida de que la clave de una vida tranquila era adoptar cierta distancia prudencial para con los demás.
En su afán por conseguir unas condiciones dignas y estables, pensó en aprovechar el margen que le daba disponer de cierta holgura económica durante un tiempo, así que empleó ese tiempo en retomar sus abandonados estudios, sabiendo que siempre habría tiempo de buscar un empleo de los que se aceptan en condiciones de supervivencia. Sofía quiso hacer de su vida un puerto seguro, y en eso volcó todo su esfuerzo; preparando interminables cursos de auxiliar, que al cabo de unos años la llevaron hasta una entrevista en una empresa privada, la cual supuso la solución definitiva para ella una vez cumplidos los primeros contratos de prácticas.

Aquélla noche en que sonó el teléfono, Sofía preparaba en la cocina, primorosamente, el plato preferido de César para cenar, y en absoluto podría haber imaginado que esta vez la llamada proviniera de una comisaría de policía. Alguien pronunció su nombre y preguntó por la familia de César T. Procediendo a continuación a la confirmación de algunos datos y a invitarla a personarse en las dependencias lo antes posible. No quisieron adelantarle nada más por teléfono, de manera que fue elaborando toda una serie de conjeturas al respecto mientras se dirigía a coger el coche. Durante el tiempo que duró el recorrido recordó las distintas ocasiones en las que el jefe de estudios del instituto la había llamado para comunicarle las repetidas e injustificadas faltas de asistencia de César. En aquella ocasión le sorprendió desconocer esta faceta del chico y la existencia de comunicaciones por escrito que la dirección del centro le mandaba periódicamente para hacérselo saber. Sólo después de escrutar concienzudamente los cajones de su cuarto y de buscar entre las páginas de sus libros, descubrió que escondía aquellas misivas que nunca llegaban hasta ella. Aquello nunca dejaron de ser chiquilladas propias de su edad, se decía, segura de que estos episodios de absentismo dejaron de producirse al poco tiempo...¿o tal vez no?, se preguntaba ahora.
Una vez hubo llegado hasta allí, un agente la acompañó hasta el despacho del comisario López, donde entró con la preocupación propia de las circunstancias y ese encogimiento en el estómago que a veces se le aloja cuando es consciente de que se avecinan acontecimientos traumáticos. No obstante, consiguió mostrarse tranquila en la medida de lo posible, merced a la seguridad que tenía de que César no podía haber hecho nada que no pudiera solucionarse. Enseguida preguntó por él.
-¿Dónde está? ¿Está bien? ¿Qué ha sucedido?.
El comisario la tranquilizó, diciéndole que se encontraba perfectamente, sólo un poco nervioso a lo sumo, pero bien.
- ¿Dónde está su marido?. Sería conveniente que también estuviera aquí en estos momentos.
- El padre del chico y yo estamos separados desde hace años, pero sigue teniendo relación con él durante los fines de semana que va al pueblo. Si me dice usted cual es el motivo, podría llamarlo al móvil ahora.
- Hágalo señora, Cesar está detenido provisionalmente y de momento no podrá regresar a casa .
A Sofía se le hacía un nudo en la garganta mientras llamaba, de manera que casi no pudo acabar la conversación, porque siempre le ocurre, en estos casos, que alguna glándula le segrega una sustancia pastosa y blanca que le deja la boca totalmente seca. Al cabo de una hora y media entraba por la puerta de la comisaría su ex marido y padre del chico. Durante este tiempo, le trajeron agua y esperó intranquila en los bancos del pasillo.
Ambos, padre y madre, allí sentados sin apenas mirarse entre sí, escucharon de boca de aquel señor, de aspecto pulcro y tranquilo, que César pertenecía a una banda juvenil, detrás de la cual andaban desde hacía tiempo y que no era la primera vez que pisaba las dependencias policiales. Pero esta vez había llegado demasiado lejos y ahora recaían sobre él cargos muy graves, tales como peleas entre bandas y palizas en las que habían dejado gravemente herido a un chico sudamericano y había resultado muerta y violada la novia de éste. Sofía oía todo aquello obnubilada, como si de otra persona se tratara, hasta el punto de preguntar: -¿Pero de quien me está hablando, señor comisario?
- De su hijo señora. Ahora podrán ustedes pasar a verlo e incluso a traerle lo que necesite, porque desde esta noche pasará a disposición de los servicios sociales y del tribunal de menores, dado que aún le faltan meses para cumplir la mayoría de edad.
César permaneció en silencio y cabizbajo cuando recibió la visita de sus padres, y aunque ambos lo hicieron por separado, a ninguno de ellos dijo nada que no fueran monosílabos y sonidos guturales como respuesta.
Poco después, llegó el momento de su internamiento en un centro de menores y los insufribles juicios en los que Sofía iba escuchando, una a una, todas las pruebas irrefutables que señalaban a su hijo como un ser desconocido para ella, alguien de quien jamás hubiera sospechado algo semejante. Fue doloroso doblegarse a la realidad de aceptar que las cosas eran así y que todo quedaba demostrado. Testigos, hechos, pruebas, acusaciones, y la irreconocible actitud de César, esgrimiendo un desconcertante perfil sicótico cuando hablaba o miraba desafiante a la familia de las victimas.

Mientras su vista se perdía en aquella fotografía que hay sobre la mesa redonda junto a las cortinas del salón, Sofía sufría en su cabeza toda una sucesión de imágenes y sonidos desfilando de golpe, en secuencias, o en fotogramas congelados. César llevaba ya meses interno y, desde entonces, no pasaba un solo día en el que ella no hiciera un análisis mental de todo lo sucedido, repasando sus vidas durante estos últimos años y rebuscando convulsivamente las causas, los errores, los descuidos o lo que quiera que fuera culpable de todo aquello. En un intento de racionalizar aquella demencia sin sentido daba una y mil vueltas enloquecedoras sobre la misma y descorazonadora realidad, pero tan sólo venían a su mente sucesos vagos e inconexos que, seguramente, nada tenían que ver. ¿Tal vez debió haberse alarmado cuando César insultaba al árbitro y gritaba viendo un partido de fútbol en la televisión? Lo más que llegó a decirle fue: “tranquilo chico, que no se acaba el mundo”, y nunca prestó mayor atención.
El cuarto de César tiene colgadas en la pared una bufanda de Ultra Sur y otra con la bandera de España, sobre la que se puede leer en letras incandescentes: infierno blanco. Sofía, realmente siempre ha pensado que son decorativas, y nunca reparó en los eslóganes y símbolos que ambas contienen, aunque ahora piensa que realmente rayan en la violencia y en la provocación. Pero el hecho en sí no tiene mayor importancia, y por eso no comprendió el comentario que, al respecto, hizo una amiga a la que le enseñó la casa en una ocasión, respondiéndole que siempre será mejor eso que tener que ver la habitación empapelada con pósters de futbolistas y chicas desnudas.

A falta de un lugar más placentero en el que refugiar sus pensamientos, Sofía encontraba alivio recordando como César fue creciendo y cambiando hasta convertirse en un hombrecito. Por más que busca no sabría decir donde estuvo ese punto de inflexión en el que, de repente, su cabeza empezó a albergar esos incomprensibles instintos destructivos. Seguramente debió ser un proceso que le pasó desapercibido en todo momento, porque a la memoria sólo acuden recuerdos totalmente coherentes con la clase de persona y de educación que quería para él. Nunca quiso presionar al chico, tal vez por esa incómoda preocupación que flota en la cabeza de algunas madres separadas, la cual les hace temer por la posibilidad de que los chicos decidan optar por la alternativa de irse con su padre y albergar rencores irreconciliables para con su progenitora, o cuando menos, manifestar amargas comparaciones sobre con quien se encuentran mejor. No obstante, nunca se había privado de regañarle o de mostrarle su disgusto; como venía haciéndolo desde que le dio por ir pelado como un soldado y llevar unos pelillos de punta por flequillo.
Sofía recordaba su sorpresa cuando descubrió la madurez de los genitales de César, aquel día en que, por casualidad, entró en el baño justo cuando él salía de la ducha. De no ser por sucesos decisivos como éste, o encontrar una revista pornográfica en el fondo del armario, Sofía, como muchas otras madres que conviven con la idea de pureza e inocencia perpetua de sus hijos, nunca habría tomado conciencia del despertar sexual de su vástago. Consecuentemente, también recordó el momento de la ineludible conversación que ambos mantuvieron con respecto al tema del sexo, de los preservativos y de las precauciones que se debía tomar en todo momento.
No hace mucho, Sofía decía a una compañera que César es un cielo de chico, explicándole que en él encuentra una gran compañía, que siempre la besa al salir y al volver a casa, que jamás protesta por nada, y que además le es de gran ayuda, porque para cuando ella llegaba ya había puesto la mesa y había comprado el pan. Todo esto pasaba por su cabeza, además de la última discusión que tuvo con él porque no se ponía la ropa que le había comprado. Últimamente, a Cesar le había dado por vestir camisetas con dibujos truculentos y calzar botas militares.
-¡Mira que eres tonto¡, ahora que no hay que hacer la mili te vistes tú de paracaidista, y yo... gastándome dinero para que se te pudran las camisas en el ropero. Esto le dijo en alguna ocasión, pero realmente siempre ha pensado que Cesar sólo hace lo que los chicos de su edad, esto es, dejarse llevar por la moda imperante en el barrio, y que antes o después maduraría en ese sentido.
De lo que no cabe duda, es de que es un chico cariñoso y de que no elude sus responsabilidades, tal como comentara a su compañera en aquella ocasión en la que pormenorizó todas sus virtudes, diciéndole que se encargaba de recogerlo todo, que nunca deja nada por medio y que también la acompañaba a hacer las compras.
-“Si no fuera por los gustos tan raros que tiene últimamente, yo diría que es un chico ejemplar”.
Es cierto que en una ocasión apareció con un hematoma en la cara, pero ¿qué chico de su edad no ha tenido alguna vez un encontronazo o una discusión? De todas formas, no tenía razón alguna para no creer su versión de haberse dado un golpe. ¿Debería haber tomado algunas cosas como indicativo de que algo no iba bien? ¿Qué podría haber hecho que no hubiera sido hablar con él?, cosa que nunca he dejado de hacer...Sofía seguía buscando respuestas, pero no se le ocurría otra cosa que culparse por la torpeza de no haber sabido ver lo que posiblemente había detrás de algunos hechos aislados a los que no dio mayor importancia que la que parecían tener en esos momentos: aquellos rancios himnos que oía en su estéreo, las banderitas en sus prendas, el falsificar sus notas en alguna ocasión....¿Qué tendría que haber hecho al respecto?, o ¿tal vez los tensos episodios que pudo ver cuando su padre y yo nos separamos, tengan algo que ver?...
Hace algunos meses, saltaron a las páginas de los periódicos noticias sobre actos vandálicos en la ciudad, y todos pudieron enterarse de lo que es un skinhead. Si a Sofía en algún momento le pasó por la mente la idea de que César tuviera algo que ver con ellos, rápidamente la desechó, mirándolo mientras ponía el lavavajillas o sentado en su escritorio. De esta manera siempre anduvo a salvo de intranquilidades que la importunaran.



Mi última novela


Mi última novela se llama “Quédate en el sueño” y esta apilada en cajas desde hace más de seis meses en lo más recóndito de un sótano. No es por censura, ni por impresentable ni por suponer un producto con peligrosidad social, se trata simplemente de una cuestión de no ceder ante un editor desalmado que ha andado engañando desde el principio. De cualquier manera, motivos ajenos a mi voluntad. Espero que antes o después se resuelva el asunto porque me parte el alma ver que mis criaturas están encerradas y pudriéndose a causa del vil metal.
Este dibujo forma parte de la portada de la novela. Lleva un fondo negro y debajo el nombre de la obra y el mío propio.
Aquí os dejo, a continuación, la sinopsis que aparece en la contraportada
La lucha por la supervivencia obliga a Marta Gabriela a emprender una odisea que la trae hasta la vieja Europa, donde, al igual que miles de personas en su situación, se encuentra con todo tipo de barreras: burocráticas, sociales y personales. Marta Gabriela vive, trabaja, se enamora y persigue su sueño, intentando echar raíces donde sólo hay desarraigo, a pesar de lo cual va alcanzando poco a poco sus metas más inmediatas. La novela nos acerca, a través de este personaje, a una parte de la realidad de la inmigración masiva en España.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Mis trajes de robot

Llevo un buen rato aquí sentado, dejando pasar la tarde y descansando mis pasos sin rumbo por la ciudad. No he podido dejar de observarte con tu flamante traje de super robot transformer; observo como vives tu papel dentro de el y como te sientes poderoso con ese maravilloso atuendo lleno de complementos y corazas. Hay más niños en el parque, jugando con sus bicicletas o pateando una pelota en una especie de fútbol adaptado con equipos impares y bancos de hormigón como porterías. Pero a ti se te ve orgulloso, tu juego es más divertido y más parecido a la vida misma; tú juegas a impresionar a las niñas que te rodean. Creo que una de ellas es tu primita porque tu madre lleva un buen rato hablando con la mamá de ésta y me parecen bastante parecidas físicamente. Tu primita juega con sus amigas, que son un par de niñas rubias, más pequeñas que ella y que tú. Juegan ajenas a ti, corren, ríen, saltan y gritan y tú las persigues queriendo mostrarles las prestaciones de tu traje multifunción. Aprovechando que pasan por tu lado despliegas todos los medios de que dispones, esto es, encendiendo las lucecitas del pectoral de plástico o exhibiendo el mecanismo mediante el cual, con un giro de muñeca, a tu trajecito plateado le salen unas amenazantes barras incisivas. No comprendo como puede estar homologado este artefacto raro que llevas colocado. Sospecho que te lo han comprado en uno de esos bazares orientales que últimamente están proliferando y que no están demasiado sujetos a controles. Pero esto es un decir, porque realmente desconozco este asunto. Posiblemente, este disfraz tuyo, corresponda a algún héroe con nombre sacado de uno de los miles de dibujos japoneses que tanto os gustan y que llenan la pantalla de los ordenadores y de la tele en vuestros ratos de ocio, pero yo, que me quedé en Mazinguer Z, no podría decir de quien se trata. Después de aquel, todos me parecen aburridos, más o menos sofisticados, voladores, armados, parlanchines o humanizados, pero en definitiva, una copia evolucionada del primitivo y original Mazinguer. Aquel fue el primero, el único e irrepetible, el que nos hizo gritar a toda una generación de chiquillos: “puños fuera”, un personaje integrado en nuestros juegos infantiles al que, incluso, le regalaron una novia de formas lineales y bien definidas que tenía tetas de hojalata y que nos parecía bastante sexy.
Observo que las niñas cada vez están más molestas e irritadas, el peligro se masca en el ambiente, pero, por supuesto, tú sin enterarte: ¿a qué me sonará esto a mi?, es más, es indudable que disfrutas haciendo gala del poder robótico que te convierte en algo especial. La niña, tu prima, pretende sentar a la muñequita que lleva en las manos y sus amiguitas traen piedrecitas y envoltorios de chucherías para hacerle una camita y unos abalorios, pero tú, poderoso y seguro, avanzas hasta ellas y disparas unos de esos dardos abdominales contra el sedente juguete de aspecto angelical y ricitos rubios. Tu prima, asiendo a la Barbie por los pies, te propina, iracunda y cruel, un muñecazo contra el mecanismo de acción cinética y lo deja inutilizado y, de paso, tú te llevas otro desconcertante golpe en medio de la frente. Por su parte, Barbie, vuelve a su camita sin despeinarse, ya ves. Durante unos segundos de silencio miras con estupor tu poder armamentístico destrozado y, segundos después, sales corriendo pataleando y quejumbroso. Observo que esos segundos en tu cara son más elocuentes que cualquiera de tus gritos y quejas posteriores. Posiblemente has visto con espanto que tu super traje te ha fallado y algo en tu cabecita no ha conseguido encajar este hecho. ¿Cómo es posible que las niñas no admiren tu impecable y poderoso disfraz de robot? ¿qué es lo que ha ocurrido?, pensarás. En tu corta experiencia, por primera vez, has podido comprobar donde está el auténtico poder y has descubierto que las aparentemente ingenuas armas de mujer son más poderosas que tu super coraza, incluso teniendo forma de muñeca anoréxica. Yo sí te entiendo, querido niño desconocido del parque. Es más, me solidarizo contigo y comparto tu estupor. Yo guardo muchos trajes de robot destrozados aunque no son tan brillantes ni bonitos como el tuyo.