visitas desde el 23/07/2008

domingo, 16 de mayo de 2010

Mi síndrome


He cambiado el armario y para eso he tenido que desmontar el viejo vestidor y remover todo tipo de cajones, con la consecuente limpieza que eso implica; que es justamente algo que todos tenemos pendiente por hacer y que vamos postergando para algún día, cuando se tenga tiempo.
En todo este proceso, que me ha llevado todos los ratos libres de toda una semana, - teniendo en cuenta que también iban incluidas un par de cortinas-, he descubierto, alarmado, que padezco el principio de esa enfermedad llamada Síndrome de Diógenes. Puestos a pensar, creo que no me faltan antecedentes familiares y que las evidencias apuntan a que no estoy en error.
Por si engordo, en su momento, guardé una serie de jersys agrandados por las mangas y dados de sí en los elásticos. Por si adelgazo guardé pantalones y camisetas embebidas. Por si vuelvo a usar slips (llevo años sin usarlos, desde que descubrí las bondades de llevar los atributos pendulantes) guardé hasta un modelito, de esos para las ocasiones especiales, en el que pone “nací para el amor”, el cual ha salido amarillento y se le ha deshecho la goma al estirarlo. Con los zapatos pienso algo similar y si no están agujereados o descosidos los conservo para posibles tiempos de estrecheces; que nunca se sabe lo que puede pasar. Unas bragas rojas con cierto perfume (y yo no soy fetichista); creo que son los restos de aquella temporada en la que me dio por pedírselas a las tías buenas que pasaban por mi cuarto. Ná…una tontería de esas que uno hace después de ver nueve semanas y media, o te sientes correspondido en uno de esos periodos en los que el sexo cobra una dimensión existencial. Luego, en una de estas, me encuentro con todo ello y todavía me da no sé qué tirar todo eso.
He observado que cuanto más emparanoiado estoy en el trabajo y más inseguro me siento, más carpetas, más documentos y más chominás llevo en la maletita; hasta un juego entero de bolígrafos, y mira que me los proporcionan gratis con sólo entrar a secretaría. Tal vez sea esto consecuncia de cierta inseguridad vital. En cualquier caso, y cuando menos, un adiccito a guardar chorraditas si que soy, pero si nos quitan las pensiones, llegado el momento, seré un viejete bien pertrechado.

jueves, 6 de mayo de 2010

Desayuno sin diamantes


Recién levantado a mí no me apetece desayunar nada y como, además, aprovecho al máximo en la cama, ni siquiera me da tiempo a hacerlo; todo lo más un vaso de zumo con prisas. Pero últimamente han puesto en el trabajo una maquinita de café y chocolate. Bueno, más bien un artilugio que mezcla agua con unos polvillos de distintos colores para crear el producto solicitado. Yo he visto los intestinos del aparatito en alguna ocasión en la que han venido a reponerla. Y el caso es que no está malo el chocolatito eh.
En esos días fríos y húmedos que ha tenido este invierno, uno de los pocos alicientes que a uno lo impulsaban a seguir funcionando ha sido esa dichosa maquinita; porque así somos las personas, nos movemos con zanahorias delante del hocico, y somos perfectamente capaces de incurrir en los mayores estropicios por una simple y suculenta zanahoria. A mí me ha pasado con un cheque tentador, ante notario, en un caso de herencia fraudulenta.
A los adultos solitarios nos queda el consuelo de la tecnología y en ella delegamos, con gran error y decepción, las funciones que antaño desempeñaban las mujeres que nos cuidaban. Visto desde nuestra existencia, pasada la primera década del siglo veintiuno, parece ciencia ficción que una mujer alguna vez nos cuidara…ya ves tú. Bueno, el caso es que uno llega al trabajo, después de haber conducido detrás de tractores o con el pavimento peligrosamente mojado, con unas ganas tremendas de un Cola-Cao enguachinado y te encuentras con la triste realidad de que la maquinita está desenchufada porque a algún amante del ahorro energético se le ocurrió, a última hora, desenchufarla. Vale, no pasa nada; la enchufas de nuevo y buscando un hueco imposible vuelves, pasada media hora, a por el chocolatito. Mira tú por dónde el depósito está vacío y haciendo malabarismos lo llenas a toda prisa aguantando con un dedo la portezuela mientras, con suma dificultad, viertes el agua de una pesada garrafa difícil de manejar. Te cae medio litro en los zapatos y otro medio en la bragueta, como si no te la hubieras sacudido bien, te sacas la camisa por fuera para ocultar las vergonzosas goteras y te vas…con la única alegría de que en un rato tendrás la deseada ambrosía.
Con la excusa de ir al servicio, uno se pasa por donde la maquinita y con tremendo estupor comprueba que la muy puta te pide el precio exacto y además no acepta todo tipo de monedas. Uno se consuela pensando que es como cualquier mujer caprichosa e imposible a la que le solicitas una cita. Cómo resulta que no tengo cincuenta céntimos exactos ni monedas que, combinándolas, acepte la máquina, me voy a secretaría y después de diversos ruegos y changes consigo el cambio aceptable…con el mismo me voy, con trote cochinero, y lo introduzco ansioso por la ranurita y…una polla como una olla…la maquinita te vierte dos dedos de líquido en el vaso de plástico y hace un ruidito desconocido tras el cual se enciende un pilotito rojo y se traga las monedas. Biennnnnnnnnn….justo cuando vas a darle una patada en la raja, aparece una compañera a la que, con suma presteza y buen humor, le adviertes que la máquina se ha estropeado. Pasados unos días, un chico deja unas galletitas como pago por las molestias y otro artefacto igualito para desayunar, y uno olvida los malos momentos para empezar un nuevo idilio.

domingo, 11 de abril de 2010

Una más


¿Cómo podría yo saber si me mentía cuando decía que me quería? Uno sólo tiene una especie de balance ambiguo para juzgar algo tan confuso; una lista de convencionalismos cumplidos a rajatabla dentro de un edificio recorrido por grietas inquietantes. Uno nunca llega a saber qué es mejor.
Cuando se es agua pasada, uno se siente como atendido por una enfermera con tacones de aguja mientras te realiza una extracción; agradecido por tan sugerente detalle a las nueve de la mañana y a la vez descolocado. Algo similar a oír la palabra cultura; utilizada tanto para identificar la forma de vida de una tribu de indígenas en la selva, como para reconocer el gran conocimiento y erudición de un individuo. Como cuando se dice que alguien tiene carácter, atribuido a quien simplemente es un maleducado agresivo; ni siquiera mal carácter. Algo tan ridículo como la visita de un conocido, después de meses sin dar señales, para preguntarte si le queda bien una camisa.

lunes, 29 de marzo de 2010

Frases


Supongo que todos tenemos una frase que nos ha sido útil en alguna ocasión bien sea a modo de máxima, de bálsamo o de tabla de salvamento. Yo tengo mi propia colección y me ha acompañado y sido útil a lo largo de mi vida de una manera u otra. En mi caso, que no soy aficionado a leer poesía, filosofía o correos de internet, se trata de trozos de canciones. Ahí van algunas de ellas:
.Sólo el amor convierte en milagro el barro. (Silvio Rodriguez)
.Que dignidad tan grande es creer tanto en la vida con sólo ver una flor brotando entre las ruinas. (Rally Barrionuevo).
.Y reír y reír y reír, madrugadas sin ir a dormir, es distinto sin ti. (Silvio)
.¿A dónde van las palabras que no se quedaron, a dónde van las miradas que un día partieron?, ¿acaso flotan eternas como prisioneras de un ventarrón? ¿acaso vuelven a ser algo? ¿Acaso se van?, ¿ a dónde van? (Silvio)
.Lo que iba a ser y la mierda que ha sido. (Sabina)
.Me cago en el amor. (Tonino Caretone)
.Querida prima, he de volver por lo que me dejé en tu piel (Roque Narvaja).
.¿Amigos para qué? Maldita sea, yo a un amigo lo perdono, pero a ti te amo. (Jean Luca Grinniani.)
.…sin poder conocer eso que llaman amor para vivir (Pablo Milanés).
.El peso del mundo es amor, bajo un caos de soledad, bajo un caos de insatisfacción…el peso que llevamos es amor.(Hilario Camacho…bastante fumadete evidentemente).
.La lluvia es vertical, no tengo ninguna objeción, sólo que algunas veces puede sentarme mal, que elijas un diluvio para dejarme atrás. (Javier Batanero)
.Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio (No me gusta Serrat, pero la frasecita se las trae).
.¿Ustedes me han mirado? Pedirle a ese bombón que me quisiera ¿no les parece que era pedirle demasiado?

domingo, 21 de marzo de 2010

El código Ximena

Ultimamente estoy trabajando en un manuscrito del siglo XVII de un historiador llamado Martín Ximena Jurado.
Desde el principio me llamó la atención una peculiaridad a lo largo de muchas de sus páginas, y no es otra que el hecho de que a la hora de dar fechas lo hace tomando como referencia, simultáneamente, los calendarios Juliano y Gregoriano. Es decir: en el momento de datar un suceso, como el caso de la pérdida del castillo de Gibraltar, por ejemplo, lo hace dando dos fechas. En este caso el año 1333 y el año 1371 de la era de César. Y esto se repite a lo largo de muchos sucesos.
Es inevitable hacer el cálculo mental y darse cuenta de que la diferencia entre una fecha y otra es justo de 38 años. Basta con saber que el calendario Juliano se implantó en el año 46 antes de Cristo y que el Gregoriano actual entró en vigor en 1588 para descubrir que ocurre algo raro. Si distan 46 años desde la implantación del Juliano hasta el nacimiento de Cristo ¿Por qué la diferencia es de 38? ¿Qué ha ocurrido con los ocho años restantes?
Alguien tan docto en historia antigua como Martín Ximena, que manejaba a diario los dos calendarios en su trabajo, no podía ignorar algo así, de manera que las preguntas que surgen son: en vista de que el libro fue empezado a escribir sólo 33 años después de la implantación del calendario Gregoriano ¿usaba el historiador el calendario anterior por inercia? ¿Se dio cuenta del error evidente que se deduce en cuanto al año del nacimiento de Cristo? ¿Cómo sacerdote que era o como persona que vivía en pleno auge de la inquisición no pudo o no quiso decir nada al respecto? ¿Daba las fechas con los dos calendarios por un simple motivo de rigurosidad o pretendía llamarnos la atención sobre el error? ¿lo aceptó de forma natural al igual que la sociedad de la época sin rechistar?
Desde hace tiempo muchos estudiosos aseguran abiertamente que Jesucristo realmente nació entre seis y ocho años antes de lo estipulado, como bien demuestra este autor. ¿Lo sabía Martín Ximena y quiso expresarlo soterradamente a modo de código Xímena?

domingo, 28 de febrero de 2010

El delantal


La Lola viene los fines de semana y suele meterse en la cocina a preparar algún plato, incluso a veces prepara de más para que yo tenga algo decente que comer entre semana. Y que conste que yo no le pido nada, que lo hace ella voluntariamente. Bueno, supongo que mis continuos halagos, agradecimientos y reconocimientos culinarios han llegado a suponer una especie de acicate cuando menos, pero palabra que son sinceros y que carecen de intencionalidad. Ella, totalmente impasible, siempre me responde: no te preocupes, yo también tengo que comer y hacerlo en los restaurantes tan a menudo ya me tenía cansada.
Bueno, el caso es que el otro día, estando de compras, vi un delantal muy simpático y pensé en seguida en regalárselo dado que últimamente anda entre salsas y que no hay camiseta suya que no lo demuestre. Me decidí por uno con la cara de Chaplin, pero, en el mismo momento de alargar la mano para cogerlo, una ineludible duda existencial se apoderó de mí. ¿No será demasiado machista por mi parte regalarle esto? ¿Y si me compro yo otro para diluir toda connotación discriminatoria y de género? ¿Por qué me voy a gastar el doble si a mí no me gusta y además no me hace falta porque yo no me mancho? De todos modos yo siempre la ayudo pelando las alcachofas, procuro cumplir recogiendo y poniendo la mesa, trayéndole el postre y preparando un bacalao en sanfaina, que le gusta, al menos cada dos findes.
De veras que llegó a angustiarme el asunto y allí, frente al estante, mirando la prenda, animado y disuadido por momentos, no sabía si pasar o no por caja con semejante objeto, de manera que decidí que las manchas de sus chandals y camisetas son cojonudas y
políticamente correctas, y punto…y ya está….se acabó el mamoneo.
Curiosamente, ese fin de semana, Lola apareció con un delantal diciendo: mira…me lo ha comprado mi madre y en ese momento pensé que lo último que pensé en la tienda fue eso precisamente: que se lo compre su madre.

martes, 16 de febrero de 2010

Algo que ocultar


Durante mis primeros años de facultad yo tenía una novia con la que dormía al menos una vez en semana, cenaba todas las noches y practicaba sexo diariamente. Compartíamos apuntes, gustos y, sobre todo, horas y horas de vida estudiantil anárquica. Conocía su letra, su firma, el color y el modelo de todas sus bragas, la cantidad de pares de zapatos que tenía, sus vestidos estampados, el par de vaqueros y su carpeta con el boli enganchado en la goma.
El hecho de estar ambos fuera de casa y disponer de una habitación individual en un piso compartido con otros estudiantes suponía todo un mundo de libertades y posibilidades que procurábamos aprovechar. En definitiva sabíamos casi todo el uno del otro, sobre todo porque la escasez de dinero no daba para grandes desmarques.
Reconozco que no compartíamos gustos musicales; yo me sabía de memoria “Amante de cartón” de Roque Narvaja y ella no iba más allá de las cuatro horteradas del momento como el “Calimba de luna”, pero de ninguna manera eso suponía un distanciamiento.
Ni ella desconocía mis escarceos con la putita de la clase ni yo era desconocedor de algunos rumores sobre mi pareja. Como puedes ver…la típica relación de dos veinteañeros universitarios en la que, a pesar de las noches de fiestas en los pubs del Gran eje nada parecía ser anómalo. Eso pensaba yo hasta aquel fatídico día en el que, por primera vez y como suceso excepcional, uno de los profesores pasó lista en una de sus clases. Para mi sorpresa, su rubor irritado y la hilaridad del resto de compañeros, mi novia María, en realidad, se llamaba María Sebastiana. Cierto es que en los dos años de relación nunca se me había ocurrido mirar su deneí ni había sido necesario, pero coño algo así… Recuerdo como se tapaba las tetas con pudor, pero jamás me fijé en como ponía el dedo pulgar sobre la mitad de su nombre cuando tenía que mostrar su carné. Mirándola, algo confuso, después de decir "presente" aquella tarde, en aquel aula, supe que todos tenemos algo que ocultar.