En mi caso fue Madrid. Todo lo que de atractivo ofrecía el mundo, para alguien que cumplía la mayoría de edad a principios de los ochenta, estaba allí. El mundo de la movida madrileña; el que nos ofrecían en las películas, el de la gente diferente con vidas interesantes, el de las calles que habitaban las bandas de rock urbano, el de Pachá y Joy Eslava, el de “la juventud baila”, el de las luces y los platós de “Aplauso”, el del metro, el de los cantantes de metro, y sobre todo el que las canciones nos hicieron amar sin haberlo pisado siquiera. Todas hablaban de lo mismo: “Pongamos que hablo de Madrid”, “Madrid amanece”, “La puerta de Alcalá”, “Voy andando sola por la Castellana”, “En la puerta del Sol” ,“desde el pirulí se ve un país”… Por entonces todo se hacía desde allí y desde allí irradiaba a través de la pantalla y las ondas, como si no existiera otra cosa…joder que hasta metí mis ahorritos en Caja Madrid.
Tiempo después, por motivos que no vienen al caso, di con mis huesos en la capital del país. Como es de imaginar, me volví loco y me dispuse a visitar todo aquello de lo que había leído, oído hablar, oído cantar o visto en el cine. Para empezar ni encontré el Penta, ni en el Elígeme estaba Sabina bebiendo copas y viviendo a simple vista esa vida canallesca y poética que mostraba en sus canciones. Es más, se trataba de un tugurio oscuro en el que había actuando un imitador suyo. El hotel mediodía era una antigualla sin glamour. El Madrid de la movida eran dos calles, el resto era gris y mediocre y para colmo el sueño de vivir la noche madrileña quedaba frustrado en la misma puerta de los locales en los que un portero decidía que tú no entrabas por llevar calcetines blancos. Nada que ver con lo imaginado.
Pasados algunos años volví a revivir aquella experiencia de la fascinación por una ciudad con sus personajes, barrios, locales y calles, pero no en mí, sino más bien indirectamente, a través de un amigo con el que fui a Sevilla. Al ser unos años menor que yo, en él habían hecho mella Canal Sur y las canciones de Pata Negra y Quico Veneno. En su cabeza resonaban nombres como el parque de María Luisa y la Carbonería sin saber siquiera ubicarlos, igual que en su momento yo conocía Malasaña o la calle preciados y no habría sabido decir un solo nombre de una calle de la ciudad de al lado.
Nunca me pregunté cual sería el equivalente a Madrid para quienes vivían en esa ciudad, porque ya estaban allí. En eso caí hace unos días viendo “Sobreviviré”, una película en la que Enma Suárez decía haber ido a comer cruasanes a la quinta avenida de Nueva York, igual que Odrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”, y aseguraba que no era igual, que no tenía el mismo brillo.