A veces gritaría. Gritaría con un grito ahogado para no provocar que un aleteo desate un temporal. Gritaría con un golpe en tierra, con un simple susurro en el vacío, con un trazo en el espacio inmediato. Gritaría para que no me oyeras, gritaría desde afuera para acallar fragores de adentro. Gritaría con un grito inaudible y amplificado, gritaría contra el estruendo, gritaría contra la sordidez del grito, gritaría y gritaría para no tener que vociferar silencios.
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martes, 28 de abril de 2009
miércoles, 22 de abril de 2009
Niño...¿te lo has pasado bien en el colegio?
Resulta que los organismos competentes internacionales han aplicado unas pruebas en toda la población escolar de la Unión Europea. Resulta que, según los resultados arrojados en las mismas, los niños españoles están en la cola junto con los de Francia (cuyo sistema educativo llevamos años copiando).
Resulta que en muchos países europeos los niños de primaria hablan, con cierta fluidez, tres idiomas; el suyo propio y, normalmente, el inglés y el francés, como es el caso de Finlandia, cuyo sistema educativo está considerado el más eficaz. En cambio, en nuestro complaciente sistema español los libros de texto siguen trabajando con fábulas sobre la ranita y el camello que le preguntan al cocodrilo dónde está el charquito de agua. Lo más curioso es que, después de leerlo, el niño ni se ha enterado de quién preguntó a quién o de si era un charco o un lago. Y no por tontos, sino porque, con su fomentado protagonismo necesitado de motivación, están jugando todo el rato e interrumpiendo continuamente al maestro, al cual no dejan trabajar y pierde más tiempo llamando al orden que realizando las actividades. Eso sí…cuando el niño regresa a casa la mamá le pregunta la burrada esa de: ¿te lo has pasado bien en la escuela Jonathan? Con lo cual el niño comprende que, sobre todo, su cometido es pasárselo bien.
El mundo entero está experimentando un cambio brutal a cuenta de la globalización. El mundo que conocimos, hasta hace relativamente poco, ahora es un mundo competitivo y desconcertante en el que todo, incluidos los valores más tradicionales, ha cambiado sustancialmente. Muchos países lo saben y preparan a sus jóvenes concienzudamente para asumirlo, mientras que nuestras universidades son famosas en el mundo entero por los macrobotellones en los que se reparten condones gratis (lo cual me parece muy bien desde el punto de vista de la protección, pero no es el caso ahora).
Según las pruebas que mencioné al principio nuestros niños son unos incompetentes, y es por eso que los encargados de establecer el sistema educativo empiezan a mirar hacia las heladas regiones del viejo continente y a diseñar competencias que deben adquirirse, primando incluso por encima de los contenidos. Pero ¿quién les enseña a los padres a valorar y a hacer valorar a sus hijos la figura del maestro? ¿Quién les enseña que la pregunta al volver el niño a casa es: has trabajado o has jugado e interrumpido al maestro?
España ya no es sólo de los españoles, es de los europeos que quieran venir a vivir aquí; de momento sólo han aparecido los rumanos en forma de indigentes y prostitutas, pero pronto empezarán a venir los universitarios y los creciditos niños del norte que hablan fluidamente un montón de idiomas. Todos ellos procedentes de países en los que la figura del docente goza de salud y prestigio social. Y ahora …adivina adivinanza: ¿quiénes ocuparán los altos cargos de responsabilidad en la sociedad?, ¿a quiénes les darán los puestos de trabajo, las empresas en el futuro próximo, si es que el mundo no revienta con la crisis?
Resulta que en muchos países europeos los niños de primaria hablan, con cierta fluidez, tres idiomas; el suyo propio y, normalmente, el inglés y el francés, como es el caso de Finlandia, cuyo sistema educativo está considerado el más eficaz. En cambio, en nuestro complaciente sistema español los libros de texto siguen trabajando con fábulas sobre la ranita y el camello que le preguntan al cocodrilo dónde está el charquito de agua. Lo más curioso es que, después de leerlo, el niño ni se ha enterado de quién preguntó a quién o de si era un charco o un lago. Y no por tontos, sino porque, con su fomentado protagonismo necesitado de motivación, están jugando todo el rato e interrumpiendo continuamente al maestro, al cual no dejan trabajar y pierde más tiempo llamando al orden que realizando las actividades. Eso sí…cuando el niño regresa a casa la mamá le pregunta la burrada esa de: ¿te lo has pasado bien en la escuela Jonathan? Con lo cual el niño comprende que, sobre todo, su cometido es pasárselo bien.
El mundo entero está experimentando un cambio brutal a cuenta de la globalización. El mundo que conocimos, hasta hace relativamente poco, ahora es un mundo competitivo y desconcertante en el que todo, incluidos los valores más tradicionales, ha cambiado sustancialmente. Muchos países lo saben y preparan a sus jóvenes concienzudamente para asumirlo, mientras que nuestras universidades son famosas en el mundo entero por los macrobotellones en los que se reparten condones gratis (lo cual me parece muy bien desde el punto de vista de la protección, pero no es el caso ahora).
Según las pruebas que mencioné al principio nuestros niños son unos incompetentes, y es por eso que los encargados de establecer el sistema educativo empiezan a mirar hacia las heladas regiones del viejo continente y a diseñar competencias que deben adquirirse, primando incluso por encima de los contenidos. Pero ¿quién les enseña a los padres a valorar y a hacer valorar a sus hijos la figura del maestro? ¿Quién les enseña que la pregunta al volver el niño a casa es: has trabajado o has jugado e interrumpido al maestro?
España ya no es sólo de los españoles, es de los europeos que quieran venir a vivir aquí; de momento sólo han aparecido los rumanos en forma de indigentes y prostitutas, pero pronto empezarán a venir los universitarios y los creciditos niños del norte que hablan fluidamente un montón de idiomas. Todos ellos procedentes de países en los que la figura del docente goza de salud y prestigio social. Y ahora …adivina adivinanza: ¿quiénes ocuparán los altos cargos de responsabilidad en la sociedad?, ¿a quiénes les darán los puestos de trabajo, las empresas en el futuro próximo, si es que el mundo no revienta con la crisis?
A mí tampoco me gusta el mundo al que hemos ido parar con nuestros democráticos votos, pero como los modelos alternativos no prosperan y la Logse ya pasó...est0 es lo que hay, y de momento no está la cosa para juegos.
lunes, 6 de abril de 2009
Lo mejor de él
Al niño de posguerra que fue mi padre le fue imposible disfrutar de juguetes sofisticados y bonitos; igual que a miles de niños con rodillas sarnosas y caras sucias que jugaban entre los charcos de las calles embarradas, lejos del aristocrático empedrado del centro de la ciudad.
Fue después, bien entrados los años sesenta, y más que cumplidos sus treinta, cuando pudo comprarse su primer juguete; un precioso tren de hojalata que giraba y bufaba con un pequeño motor accionado con pilas, pero para entonces ya no era tiempo de jugar (nunca lo fue para él), ya no era tiempo de infancia. Para entonces se limitaba a engrasarlo y deleitarse observándolo los domingos por la mañana. Ese gran juguete fue el único que tuvo en toda su vida.
A mis manos llegó a mediados de los años setenta, pero inerte, a pesar de las muchas horas de dedicación de mi padre para volver a hacer funcionar aquel hermoso y desahuciado artilugio. Aún así, inútil e inmóvil, me parecía el más bonito del mundo y el mejor de los juguetes que jamás hubiera visto.
Por entonces no eran mucho mejores las cosas, pero sí que me permitía atesorar algún que otro soldadito y una caravana con caballos de plástico; nada comparable con la majestuosidad del tren verde y su gran profusión de detalles pintados en sus chapas. Por entonces, igual que mucho tiempo después, aquel juguete roto me transmitía extrañas e intensas sensaciones que me inundaban densamente por algún extraño conducto anímico. Siempre pensé que tenía alma.
Mucho después, cuando ya no reparaba en su presencia de largos años sobre el mueble del comedor, un hueco vino a sustituirlo. Mi madre decidió que era hora de que pasara a la siguiente generación de niños y se lo regaló a mi sobrino.
En el dormitorio de Sergio ya existían video-consolas y todo tipo de juegos electrónicos y cinéticos que relegaron a aquel desvencijado armatoste a un ignominioso rincón donde yacía apilado, entre las cosas molestas que no disponen de lugar propio. Yo lo vi en medio de aquel desdén, pero ante mis ojos brillaba digno y espléndido. Aquel tren siempre fue, ni más ni menos, que un reflejo de infancia a destiempo o, al menos, lo único que queda de un niño que nunca fue. Lo mejor de él.
Fue después, bien entrados los años sesenta, y más que cumplidos sus treinta, cuando pudo comprarse su primer juguete; un precioso tren de hojalata que giraba y bufaba con un pequeño motor accionado con pilas, pero para entonces ya no era tiempo de jugar (nunca lo fue para él), ya no era tiempo de infancia. Para entonces se limitaba a engrasarlo y deleitarse observándolo los domingos por la mañana. Ese gran juguete fue el único que tuvo en toda su vida.
A mis manos llegó a mediados de los años setenta, pero inerte, a pesar de las muchas horas de dedicación de mi padre para volver a hacer funcionar aquel hermoso y desahuciado artilugio. Aún así, inútil e inmóvil, me parecía el más bonito del mundo y el mejor de los juguetes que jamás hubiera visto.
Por entonces no eran mucho mejores las cosas, pero sí que me permitía atesorar algún que otro soldadito y una caravana con caballos de plástico; nada comparable con la majestuosidad del tren verde y su gran profusión de detalles pintados en sus chapas. Por entonces, igual que mucho tiempo después, aquel juguete roto me transmitía extrañas e intensas sensaciones que me inundaban densamente por algún extraño conducto anímico. Siempre pensé que tenía alma.
Mucho después, cuando ya no reparaba en su presencia de largos años sobre el mueble del comedor, un hueco vino a sustituirlo. Mi madre decidió que era hora de que pasara a la siguiente generación de niños y se lo regaló a mi sobrino.
En el dormitorio de Sergio ya existían video-consolas y todo tipo de juegos electrónicos y cinéticos que relegaron a aquel desvencijado armatoste a un ignominioso rincón donde yacía apilado, entre las cosas molestas que no disponen de lugar propio. Yo lo vi en medio de aquel desdén, pero ante mis ojos brillaba digno y espléndido. Aquel tren siempre fue, ni más ni menos, que un reflejo de infancia a destiempo o, al menos, lo único que queda de un niño que nunca fue. Lo mejor de él.
viernes, 3 de abril de 2009
El tiempo que no es necesario
El único tiempo, el tiempo distinto, el tiempo de respirar, el robado, el imprevisto, el que no debería estar ahí de esa manera, el tiempo del que no deberías haber escapado…tu tiempo, el que te permites al margen, el de transitar sin su permiso, el de escapar porque te ahogas, el que nunca te permiten, el regalado, el que no es así como decían, el de una fiesta en pleno lunes, el de un viaje a tu salón, el de un verano bajo cero, el de un otoño en primavera, el de estar perdido y no te escondes. El tiempo que no es temporada, el tiempo al margen de nada, el tiempo donde yo no estoy, donde yo no soy, donde te busco, donde crecen alas, el tiempo de no decir nada, el tiempo que no se pierde aunque te pierdas, el tiempo que no es necesario…
domingo, 29 de marzo de 2009
Mi pequeño Saltamontes
Mi pequeño Saltamontes, es el momento de elevar tu alma y abrir los ojos de tu mente con nuevas enseñanzas al despuntar este nuevo día. Has de saber que muchas verdades irrefutables encierran grandes contradicciones que enturbian su pureza.
Para ilustrar lo que digo te obsequiaré con algunos ejemplos representativos de como el ser humano convive ciegamente con paradojas mil y con prejuicios que nublan su mente hasta impedirle ver con claridad.
Mi pequeño saltamontes, ¿sabías que allá, por las lejanas tierras de Iberia, causa repugnancia la imagen de un chino comiendo saltamontes a la barbacoa o sopa de serpiente? Los españoles ponen toda clase de gestos raros cuando ven en televisión algún documental sobre nuestras costumbres culinarias y, mientras tanto, se llevan a la boca una taza entera de mucosidades viscosas que ensartan con palillos de dientes después de extraerlas de su concha. Y eso por no hablarte de los chorreones de caldo que recorren sus antebrazos una vez terminada esta desconcertante práctica de comer caracoles.
Mi pequeño Saltamontes, también he de hablarte, en esta ocasión, de cómo muchos creyentes de la religión que profesan mayoritariamente por aquellas latitudes europeas, ven como bárbaras, ridículas y atrasadas algunas de las costumbres de las culturas vecinas y sin embargo están familiarizados con la visión de rodillas ensangrentadas y destrozadas después de subir intrincadas calzadas de piedra, movidos por una promesa. Los hay que laceran sus carnes con cilicios y fustas y veras, mi pequeño saltamontes, que curiosamente, esos suelen ser los más críticos e intolerantes para con otras formas de pensar.
Pero también descubrirás que detrás de las grandes personalidades que forjaron la cultura del sol poniente existen no menos caras oscuras. Uno de sus grandes científicos y amante de la paz, un tal Einstein, hoy pasaría por maltratador psicológico, según se desprende de una carta suya que se conserva, en la que imponía humillantes condiciones a su mujer para vivir con él. Mi pequeño saltamontes, incluso uno de los grandes de la poesía francesa de todos los tiempos, Françoise Villon, era un reconocido asesino y ladrón, sin que esto impidiera que produjese las más bellas odas al amor y a la justicia social.
También es costumbre por allí despreciar a otras civilizaciones, y prueba de ello es la gran ignorancia que demuestran al asegurar que la pasta es italiana, cuando en realidad todos sabemos que la llevó hasta allí Marco Polo, después de un viaje por nuestras tierras.
No menos curiosa es la gran veneración que tienen a un tal Davinci; sabio del renacimiento que diseñó todo tipo de armatostes que no andaban ni a empujones, como bien han demostrado las numerosas reproducciones de los mismos. Como ideas no estaban nada mal, pero que se sepa sólo consiguió hacer funcionar un león de madera al que daba cuerda para que caminara unos cuantos pasos y se encabritara.
Un mecanismo de lo más primitivo y tosco comparado con los prodigios que, trescientos años antes, puso en funcionamiento Al Yasari. Te hablo de sofisticadísimos y enormes relojes de agua que anunciaban las horas y sus fracciones mediante grupos de autómatas, tan complejos y articulados que incluso tocaban, de forma real, melodías en una flauta. Y Leonardo sin saberlo, pero es que quinientos años después siguen sin saberlo por allí.
Bueno, pequeño saltamontes, ahora toca hacer kung fu y después barres el Lian Shan Po, que mañana te contaré algunas cosillas más.
Para ilustrar lo que digo te obsequiaré con algunos ejemplos representativos de como el ser humano convive ciegamente con paradojas mil y con prejuicios que nublan su mente hasta impedirle ver con claridad.
Mi pequeño saltamontes, ¿sabías que allá, por las lejanas tierras de Iberia, causa repugnancia la imagen de un chino comiendo saltamontes a la barbacoa o sopa de serpiente? Los españoles ponen toda clase de gestos raros cuando ven en televisión algún documental sobre nuestras costumbres culinarias y, mientras tanto, se llevan a la boca una taza entera de mucosidades viscosas que ensartan con palillos de dientes después de extraerlas de su concha. Y eso por no hablarte de los chorreones de caldo que recorren sus antebrazos una vez terminada esta desconcertante práctica de comer caracoles.
Mi pequeño Saltamontes, también he de hablarte, en esta ocasión, de cómo muchos creyentes de la religión que profesan mayoritariamente por aquellas latitudes europeas, ven como bárbaras, ridículas y atrasadas algunas de las costumbres de las culturas vecinas y sin embargo están familiarizados con la visión de rodillas ensangrentadas y destrozadas después de subir intrincadas calzadas de piedra, movidos por una promesa. Los hay que laceran sus carnes con cilicios y fustas y veras, mi pequeño saltamontes, que curiosamente, esos suelen ser los más críticos e intolerantes para con otras formas de pensar.
Pero también descubrirás que detrás de las grandes personalidades que forjaron la cultura del sol poniente existen no menos caras oscuras. Uno de sus grandes científicos y amante de la paz, un tal Einstein, hoy pasaría por maltratador psicológico, según se desprende de una carta suya que se conserva, en la que imponía humillantes condiciones a su mujer para vivir con él. Mi pequeño saltamontes, incluso uno de los grandes de la poesía francesa de todos los tiempos, Françoise Villon, era un reconocido asesino y ladrón, sin que esto impidiera que produjese las más bellas odas al amor y a la justicia social.
También es costumbre por allí despreciar a otras civilizaciones, y prueba de ello es la gran ignorancia que demuestran al asegurar que la pasta es italiana, cuando en realidad todos sabemos que la llevó hasta allí Marco Polo, después de un viaje por nuestras tierras.
No menos curiosa es la gran veneración que tienen a un tal Davinci; sabio del renacimiento que diseñó todo tipo de armatostes que no andaban ni a empujones, como bien han demostrado las numerosas reproducciones de los mismos. Como ideas no estaban nada mal, pero que se sepa sólo consiguió hacer funcionar un león de madera al que daba cuerda para que caminara unos cuantos pasos y se encabritara.
Un mecanismo de lo más primitivo y tosco comparado con los prodigios que, trescientos años antes, puso en funcionamiento Al Yasari. Te hablo de sofisticadísimos y enormes relojes de agua que anunciaban las horas y sus fracciones mediante grupos de autómatas, tan complejos y articulados que incluso tocaban, de forma real, melodías en una flauta. Y Leonardo sin saberlo, pero es que quinientos años después siguen sin saberlo por allí.
Bueno, pequeño saltamontes, ahora toca hacer kung fu y después barres el Lian Shan Po, que mañana te contaré algunas cosillas más.
lunes, 23 de marzo de 2009
De todo corazón
Un simple quiste de grasa en el dorso de mi mano ha cambiado mi vida considerablemente. El cirujano me lo ha intervenido, pero me ha provocado un pinzamiento perenne en los nervios del dedo corazón, de manera que me resulta imposible flexionar las falanges del mismo. Pronto tomé conciencia, gracias a esta circunstancia, de que algunas de las cosas más escatológicas, mas deliciosas y más interesantes de la vida se realizan con el corazón o requieren de su participación. Imagínate la amplia gama de acciones posibles, desde todo lo referente a hurgar y hurgarse hasta pulsar botones, pasando por señalar y friccionar. Toda una variedad si lo piensas.
Si procuro permanecer con la mano abierta pasa desapercibido, pero realmente existen pocas cosas que se hagan así además de saludar, decir adiós o pedir algo...bueno acariciar podría también ser una de ellas. El caso es que en seguida me percaté de que, aún conociendo la circunstancia, muchas mujeres de mi entorno y algunos hombres no pueden evitar sentirse intimidados ante la visión de esta continua erección dactilar; lo noto en una especie de estremecimiento inevitable y sutil que siempre repiten cuando se cruzan conmigo.
Al principio, esta situación me procuró no pocos momentos incómodos en los que tuve que dar explicaciones. En el restaurante al que suelo ir a almorzar todo eran caras raras; piensa en la estupefacción de aquellos que me veían comer haciéndoles “la peseta” cada vez que me llevaba la cuchara a la boca. Imagina también la confusión que generaba mi dedo en los pubs cuando levantaba el vaso para beber y por supuesto, la de pitorradas que me han dedicado muchos de los coches que me encuentro de frente por la carretera.
Poco después aprendí a adoptar elaboradas estrategias de disimulo y a incorporar en mis decisiones cotidianas todo tipo de precauciones, tales como elegir mesas de cara a la pared en los comedores, o acostumbrarme a evolucionar toda la noche en los pubs con la mano afectada metida en el bolsillo. Esto último me valió el sobrenombre de “tocateloshuevos”, pero me consta que marqué estilo eh.
En estas andaba yo, desesperado, cuando tomé la decisión drástica de amputarme el dedo. La idea me la dio un documental que vi, en el canal Historia, de un grupo de chinos haciéndolo con una pequeña guillotina casera, en protesta por la visita de no sé qué mandarín japonés.
La verdad es que parecía fácil y rápido, pero ocurrieron una serie de sucesos que me hicieron cambiar de idea. Pensándolo mejor, esta misma circunstancia de la inmovilidad me abrió todo un mundo de posibilidades, antes impensables, que estaban resultando de lo más excitantes. Ahora podía levantarle el dedo al jefe sin el más mínimo temor a expedientes disciplinarios; eso habría sido acoso a un minusválido. Ahora podía decir mentalmente “toma cabrón” y mostrarle la mano al guaperas de Martos por el que pierde las bragas mi novia cuarentona, sin temor a quedarme sin sexo, e incluso hacerle “la peseta” a ella, a la vecina, a la coordinadora de planta, a la secretaria, y al picoleto que me para...y todo ello... de todo corazón.
Si procuro permanecer con la mano abierta pasa desapercibido, pero realmente existen pocas cosas que se hagan así además de saludar, decir adiós o pedir algo...bueno acariciar podría también ser una de ellas. El caso es que en seguida me percaté de que, aún conociendo la circunstancia, muchas mujeres de mi entorno y algunos hombres no pueden evitar sentirse intimidados ante la visión de esta continua erección dactilar; lo noto en una especie de estremecimiento inevitable y sutil que siempre repiten cuando se cruzan conmigo.
Al principio, esta situación me procuró no pocos momentos incómodos en los que tuve que dar explicaciones. En el restaurante al que suelo ir a almorzar todo eran caras raras; piensa en la estupefacción de aquellos que me veían comer haciéndoles “la peseta” cada vez que me llevaba la cuchara a la boca. Imagina también la confusión que generaba mi dedo en los pubs cuando levantaba el vaso para beber y por supuesto, la de pitorradas que me han dedicado muchos de los coches que me encuentro de frente por la carretera.
Poco después aprendí a adoptar elaboradas estrategias de disimulo y a incorporar en mis decisiones cotidianas todo tipo de precauciones, tales como elegir mesas de cara a la pared en los comedores, o acostumbrarme a evolucionar toda la noche en los pubs con la mano afectada metida en el bolsillo. Esto último me valió el sobrenombre de “tocateloshuevos”, pero me consta que marqué estilo eh.
En estas andaba yo, desesperado, cuando tomé la decisión drástica de amputarme el dedo. La idea me la dio un documental que vi, en el canal Historia, de un grupo de chinos haciéndolo con una pequeña guillotina casera, en protesta por la visita de no sé qué mandarín japonés.
La verdad es que parecía fácil y rápido, pero ocurrieron una serie de sucesos que me hicieron cambiar de idea. Pensándolo mejor, esta misma circunstancia de la inmovilidad me abrió todo un mundo de posibilidades, antes impensables, que estaban resultando de lo más excitantes. Ahora podía levantarle el dedo al jefe sin el más mínimo temor a expedientes disciplinarios; eso habría sido acoso a un minusválido. Ahora podía decir mentalmente “toma cabrón” y mostrarle la mano al guaperas de Martos por el que pierde las bragas mi novia cuarentona, sin temor a quedarme sin sexo, e incluso hacerle “la peseta” a ella, a la vecina, a la coordinadora de planta, a la secretaria, y al picoleto que me para...y todo ello... de todo corazón.
viernes, 13 de marzo de 2009
¿Sabes lo que es un Rods?
Pues, según parece, no es un estilo musical ni una marca de vaqueros, que son unos bichitos que viajan tan deprisa que el ojo humano es incapaz de captarlos. Se sabe que los gorilas pueden verlos, pero en lo tocante a humanos, jamás sabríamos de su existencia de no ser por las cámaras de video y la posibilidad de visionar las imágenes ralentizadas. Me recuerda una película que vi sobre las hadas, pero en ese caso, para verlas, había que ponerse muy colgado ingiriendo una flor.
A simple vista pudiera parecer una fluctuación de la imagen que pasa totalmente desapercibida, pero después de concienzudas observaciones sobre material digital y de un número que supera la simple casualidad, la tecnología ha permitido que podamos ver su aspecto. Se trata de una silueta en forma de palo y cuatro aletas que apenas aparece en tres o cuatro fotogramas congelados.
Claro, lo confuso es el tamaño porque, según se puedan tomar unas referencias u otras, pueden tener desde escasos centímetros hasta metros. Aparecen al lado de aviones, junto a paracaidistas en pleno vuelo o al lado de una señora comprando melones. El pentágono ha confiscado y clasificado videos de rods y, sin embargo, por internet puedes verlos de todas las maneras.
Hay todo tipo de teorías; desde la que asegura que es una aberración de la cámara cuando pasa desenfocada una polilla a toda hostia, cerca de la lente, hasta la que asegura que son entes que irrumpen momentáneamente desde otra dimensión.
Hoy, en el curre, a la hora del café, alguien ha sacado el tema y ha habido todo tipo de comentarios, desde los más filosóficos hasta el de quien, aterrada, asegura comprender, ahora, por qué nunca logra ver a los culpables de unas picaduras muy desagradables que a veces padece.
Un compañero asegura que su hijo tiene un Rods en un bote; no sabía que se llamaba así pero dice que responde a esa forma. Otro comenta que, muchas veces, cuando limpia el frontal del coche, despega muchos de esos bichitos junto con mosquitos y demás insectos inclasificables desde su conocimiento…ya ves, y algunos científicos probando, en un túnel de viento, la aerodinámica del diseño con maquetas de reproducciones a escala…Mañana saco el tema del Ligre…a ver que opinan.
A simple vista pudiera parecer una fluctuación de la imagen que pasa totalmente desapercibida, pero después de concienzudas observaciones sobre material digital y de un número que supera la simple casualidad, la tecnología ha permitido que podamos ver su aspecto. Se trata de una silueta en forma de palo y cuatro aletas que apenas aparece en tres o cuatro fotogramas congelados.
Claro, lo confuso es el tamaño porque, según se puedan tomar unas referencias u otras, pueden tener desde escasos centímetros hasta metros. Aparecen al lado de aviones, junto a paracaidistas en pleno vuelo o al lado de una señora comprando melones. El pentágono ha confiscado y clasificado videos de rods y, sin embargo, por internet puedes verlos de todas las maneras.
Hay todo tipo de teorías; desde la que asegura que es una aberración de la cámara cuando pasa desenfocada una polilla a toda hostia, cerca de la lente, hasta la que asegura que son entes que irrumpen momentáneamente desde otra dimensión.
Hoy, en el curre, a la hora del café, alguien ha sacado el tema y ha habido todo tipo de comentarios, desde los más filosóficos hasta el de quien, aterrada, asegura comprender, ahora, por qué nunca logra ver a los culpables de unas picaduras muy desagradables que a veces padece.
Un compañero asegura que su hijo tiene un Rods en un bote; no sabía que se llamaba así pero dice que responde a esa forma. Otro comenta que, muchas veces, cuando limpia el frontal del coche, despega muchos de esos bichitos junto con mosquitos y demás insectos inclasificables desde su conocimiento…ya ves, y algunos científicos probando, en un túnel de viento, la aerodinámica del diseño con maquetas de reproducciones a escala…Mañana saco el tema del Ligre…a ver que opinan.
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