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viernes, 9 de enero de 2009

Una historia totalmente cierta

En un pueblo de Aragón, de cuyo nombre no quiero acordarme y aunque quisiera no me acordaría, hace ya algunos años que llegué como músico de una orquesta de verbena; de esas que llevan como repertorio las horteradas de moda de los últimos cinco años, incluidos los éxitos del verano, el tractor amarillo y Paquito el chocolatero.
Tarantino se llamaba la orquesta de la que yo formaba parte como bajista y, puedo prometer y prometo que, todo lo que a continuación relato es rigurosamente cierto de principio a fin.
Normalmente, el primer pase solía empezar sobre las once de la noche. Al pueblo en cuestión llegábamos sobre las seis de la tarde, de manera que, mientras los montadores hacían su trabajo instalando todo el equipo sobre el escenario, los músicos solíamos dar un pequeño paseo hasta la hora de probar sonido; era una agradable rutina que tuvo lugar durante casi los dos meses de verano que duró la gira.
Aquella tarde, de la que voy a hablar, tuvo su peculiaridad; como casi todas aquellas tardes. Un viejete se acercó hasta el escenario mientras ecualizábamos y, movido por el hecho de que la furgoneta tenía matrícula de Jaén, aseguró ser amigo de Sabina, el cantautor giennense. Yo, viendo la cara de cachondeo del señor, por mi parte, aseguré ser primo del mismo y, ante mi inamovilidad en la afirmación, aquel señor, que andaba apoyado en un bastón y con cierta dificultad, se ausentó para después regresar con varias fotografías en las que aparecía con Joaquín en diversos lugares y situaciones. Algunas de aquellas fotografías tenían unas dedicatorias, escritas de puño y letra del ínclito artista, que no dejaban lugar a dudas sobre la amistad entre ambos.
Resultó que aquel señor había sido un comisario político republicano que vivió exiliado en Londres hasta la muerte del dictador. Esa circunstancia fue precisamente la que permitió que se conocieran y entablaran amistad.
Ni que decir tiene lo miserable que me sentí en aquel momento; sobre todo porque, viendo la cara de satisfacción del tío Pedro (así lo llamaban), no fui capaz de deshacer el entuerto con dignidad. Durante unos minutos sopesé los pros y los contras de aclarar la situación y al final decidí continuar con la falsa. Posiblemente Sabina me habría dado una patada en los cataplines por capullo, pero os aseguro que no era fácil decidir qué hacer en aquel momento.
Sea como fuere, el tío Pedro permaneció a mi lado, debajo del escenario, durante todo el rato que duró la velada. Yo lo miraba y admiraba su fidelidad, aguantando el tipo, mezclado con la agitada juventud que bailaba con las melodías y los ritmos de las cantantes latinas de moda.
Afortunadamente, en el repertorio, llevábamos una Sabina y, llegado el momento, pedí al cantante que me dejara dedicársela y cantarla. Tendríais que haber visto al tío Pedro levantar la marrilla, vibrar y saltar mientras yo entonaba aquello de…mucha mucha policía…
Infame o no, de alguna manera, creo que aquello fue un pequeño regalo a aquel hombre. Una vez hubimos terminado, me alejé con mi vergüenza para no dar la cara. Pasado el tiempo, sólo lamento no haberme despedido de aquel señor aprovechando la oportunidad de agradecerle los años de su vida empleados en la lucha por la libertad. Juzgue cada cual, como le parezca, esta historia totalmente cierta.

lunes, 5 de enero de 2009

Verás que flhas

Los lingüistas y los académicos aseguran que el lenguaje es un ente vivo que evoluciona, de forma inexorable, más o menos rápidamente. No hay más que leer el Quijote para darse cuenta de que si nos colocaran en la España cervantina, con una máquina del tiempo, posiblemente nos costaría entendernos con nuestros antepasados castellanos de hace cuatrocientos años. Yo, que no sé catalán, imagino que sería algo similar a entrar hoy en día en un supermercado de Cornellá; pillas cosillas pero no te enteras bien. Vale, esto tiene su explicación lógica; la que antes apuntaba que dicen los académicos y tal.
El uso y el tiempo todo lo erosionan y lo transforman, e incluso el clima y la latitud también tienen algo que ver, si no que se lo digan a un empresario cantabro que fue a un pueblo de la sierra de Málaga a pasar unos días con los familiares andaluces de su nuera. El hombre no se enteraba de nada, pero también tiene su lógica. Lo realmente sorprendente es el lenguaje que se usa con los vendedores del Carrefour. Sí, a ver, te lo resumo en un par de de líneas sin omitir palabra alguna:
-Oye mira, a ver si me puedes atender. Tengo una tele elecedé y quiero comprar el tedeté, pero con deuvedé y uesebé, que me han dicho que los hay que lo traen. Ah, y tiene que entrar con erreceá que el euroconector lo tengo cogido con la wii.
-Sí, ese modelo está detrás de ese pasillo, al lado de los emepetrés y los ipods. Respondió el vendedor.
Oye, y nos entendimos perfectamente y eso que no tengo estudios eh. No veas que flhas me entró más raro en ese momento cuando pensé en lo que había dicho. ¿A ti no te ha pasado nunca que has flipado contigo mismo?... pues eso.
¿Que qué tiene de raro? Evidentemente nada, salvo que hayas estado criogenizado dos o tres años, pero tú lee la conversación otra vez y verás que flhas.

sábado, 27 de diciembre de 2008

El momento perfecto


El momento perfecto podría estar en un paseo otoñal con hojas secas y bermejas cayendo, en la perfección emotiva y arquitectónica de una melodía de Satie, en una caricia, en el momento después de la tormenta, en no estar solo para entonces, en andar con las viejas botas, en subirse el cuello del abrigo y sentir protección, en saber que el abismo ha quedado atrás, en una curva superada, en la evocación del mar, en estar aún vivo, en tu regreso, en despertar de una pesadilla, en no tener que volver mañana, en la distancia acompañada, en estar lejos de aquí, en una playa vacía. El momento perfecto es cualquier momento en el que no me duelas.

Cogerle el puntillo. (3ª parte)


Ya sé que me querías cariño; cada vez que me empujabas en plena penetración, apartándome de ti, era amor. Que tontería que me enfadara, que poco considerado era por querer terminar el coito una vez que tú ya te habías cansado o habías terminado.
Me obligabas a afeitarme escrupulosamente y cortarme las uñas antes de follar, y ahora te veo, en un pub, comiéndote a besos a un tipo de esos con aspecto de pizzero napolitano. ¿Es que está de moda llevar barbita de cinco días?, ¿es que le sienta bien? ¿O es que tu cutis ya no es tan sensible?… Como siempre, no logro cogerte el puntito, cariño.
Ahora me dices que nunca puse velitas cuando hacíamos el amor y digo yo… ¿por qué no las ponías tú cuando iba a follarte a tu casa? Soñabas con visitar lugares lejanos a los que sólo habías accedido en sueños y yo te llevé, y yo te amé en una habitación con vistas a un paisaje exuberante y pirenaico, pero claro…no se me ocurrió poner velitas y ese detalle ensombreció toda tu ilusión porque, según me cuentas, para las mujeres son más importantes ese tipo de detalles pequeños. Sigo sin cogerte el puntillo, corazón, sobre todo porque a mí jamás se me habría ocurrido echar en falta un plato de aceitunas cuando me preparaste aquel pescado al horno con salsa de berenjenas.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Mi tercer matrimonio


Yo no tengo mujer ni hijos, tengo ordenador; un precioso portátil con el que me casé en terceras nupcias. Mi primer matrimonio fue con una rubia de Salamanca y el segundo con un Pentium tres, grande y torpón que, a pesar de su pantalla plana y su grabador de cedés, no tenía capacidad suficiente para llenar mi vida. Aunque… ahora que lo pienso… hace muchos años mantuve una relación efímera con un armatoste, de pantallón voluminoso, que apenas era capaz de abrir una foto cuando lo sacabas del eme-esedós.
He de reconocer que, lejos de traumas y abogados, este último cambio de pareja ha sido gozoso, aunque hayamos tenido que superar ciertas incompatibilidades con la vieja impresora, el escaner y demás periféricos. Con cada uno de los ordenadores inicié una vida nueva basada en un sistema operativo distinto y a pesar de que todas mis relaciones fueron windoneas, una fue más profesional y otra mejor vista; como ha ocurrido siempre.
Decían las malas lenguas que eso del ordenador es algo muy frío…No estoy de acuerdo. A mí me dio una vida que no tenía; ocupó mis largas horas de soledad y me brindó la oportunidad de realizar todas mis inquietudes; abriéndome una ventana al mundo con todo tipo de chats, blogs y foros. Con mi ordenador he podido viajar por las cumbres más remotas o por las intimidades de alcoba más excitantes y siempre me ha acompañado. Mi ordenador siempre me espera, paciente y encendidito, mientras estoy en la cocina o en el sofá y trae, hasta su disco duro, películas y canciones para mí, que luego me canta.
Gracias a él, mi casa y mi lecho se han llenado, a veces, de risas de mujeres que me han mostrado su alma o han desaparecido sin dejar el más mínimo rastro de calor humano. Gracias también a él, los días fríos de invierno, las tardes calurosas de verano, las mañanas lluviosas y melancólicas de otoño, los miércoles de ceniza y la noche de San Juan no han sido fieras al acecho. Mi ordenador siempre me sorprende, por navidad y para mi cumpleaños, con un bonito mensaje que se despliega en la pantalla y yo, agradecido, le regalo un ratón óptico, un pen drive, un disco duro externo o alguna bagatela para tenerlo contento y actualizado.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Nunca le compres una agenda a un chino


Nunca le compres una agenda a un chino en uno de esos bazares donde las puedes encontrar a dos euros. Una agenda no es un juguetito, es algo muy serio. Eso lo supe ayer, cuando por entretenerme fui a comprar una nueva para pasar los números de la antigua, que ya estaba rota.
En principio nada raro, pero a medida que iba pasando nombres y números no veas tú que sofocón iba cogiendo. Si acaso tuvieras que hacerlo, no se te ocurra esperar a un día de lluvia de esos grises y solitarios porque el efecto se amplifica y puede ser peor.
Ni que decir tiene la variedad de sensaciones que uno experimenta cuando vuelve a escribir el nombre de personas de las que hace años no se sabe nada, la de lugares y situaciones que se evocan haciéndote reír o inquietándote o el encogimiento y la melancolía inevitable que se experimentan.
A los fallecidos les hice un tachón y los deje descansar en paz en la antigua agenda a punto de ir a la basura, sin permitirles mucho más que el escalofrío que me provocó verlos aún ahí, pero a algunas de las antiguas novias, sin pensarlo demasiado, me dispuse a llamarlas para saber qué era de ellas.
La primera, a la que llamé, fue Araceli, una empleada de una tienda de ropa de Córdoba con la que me cité en varias ocasiones y con la que viví días dulces y tórridos hasta que decidió probar con otro contacto de internet. En su momento, cuando no tenía clientela, me llamaba desde el comercio cuyo número aún conservo. Llamé, y ahora la tienda es una pollería. Me sentí perdido y solo, pero no era plan de vengar su memoria a pedradas; como hizo Sabina con los cristales de la sucursal del Banco Hispano Americano, así que continúe marcando números.
A Victoria hace al menos tres años que no la veo y cuando descolgó el móvil pronunció mi nombre con sorpresa. Detrás, una voz infantil balbuceó…papáaaaaa. No jodas. Por si acaso me excusé y aseguré que era una equivocación.
En el teléfono de la siguiente se puso un maromo que en seguida comenzó a violentarse preguntando quien era el tío que llamaba, momento en el que comprendí que a lo mejor no era buena idea rescatar algunos números de su lugar en el tiempo, pero antes de terminar quise hacer una última llamada.
Mª Ángeles era una cuarentona preciosa, tipo Mata Hari, cuando la conocí hace diez años. ¿Cómo iba yo a imaginar que me iba a encontrar a una abuela respetable, sentada en la cafetería y esperando con ilusión volver a verme?
Lo que yo te diga, nunca le compres una agenda a un chino en uno de esos bazares donde las puedes encontrar a dos euros. Vale que un bolígrafo, unas zapatillas o un regalito por compromiso, pero si quieres un buen consejo: procura que tu agenda sea de primera calidad; de esas cosidas y pegadas y con pastas de piel, de las que duran toda la vida.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Misterios cotidianos


La vida está llena de misterios que nos rodean, y no me refiero a las pirámides o la santísima trinidad, me refiero a misterios cotidianos que, por cotidianos, nos pasan desapercibidos. El microondas, el mando a distancia, las gafas de visión nocturna, el móvil, los índices de audiencia televisivos…Eso sí que es un misterio.
A ver cómo demonios saben ellos cuanta gente ve un programa. ¿Es que las televisiones emiten una señal que retorna información a las cadenas? Algo leí sobre el share, pero de todos modos ¿cómo saben cuanta gente está viendo el programa?, ¿es acaso la televisión un aparato diabólico de funcionamiento recíproco?…Es decir, que si tiene algún artefacto secreto incorporado por el cual pueden ver, desde algún sitio, a una familia viendo un programa.
No se queda ahí la cosa, estamos rodeados de misterios de todo tipo; tecnológicos, casuales, religiosos, interpersonales, fisiológicos e incluso mentales. Estos últimos son los más desconcertantes. Hace poco sufrí, durante horas, uno de ellos.
De repente, una tarde, fui victima de una amnesia numérica. Sí, se me olvidaron las cifras más importantes de mi vida. Las verdaderamente importantes digo; no la fecha del aniversario de mi boda, el santo de mi suegra o el día de navidad. Veras…me di cuenta en el video club. Había bajado a alquilar una peli porque estaba aburrido en casa y cuando la chica me preguntó por el número de socio…joder tío, que no me acordaba a pesar de que llevo repitiéndoselo años. Buscando una solución, me preguntó el número del dni, pero que va, tampoco me acordaba, y eso que hace décadas que lo memoricé; en aquellos lejanos tiempos en que rellenaba una solicitud un día sí y otro también.
En vista de la imposibilidad de alquilar una peli decidí cambiar de planes e ir a tomar un cubatilla, para lo cual tenía que sacar dinero en el cajero de enfrente. Como ya habrás imaginado, tampoco me acordaba del número de la tarjeta. Uffff, mi desesperación iba creciendo por momentos, así que saqué el móvil y me dispuse a llamar a algún amigo para contarle lo que me estaba sucediendo y de camino pedirle prestados treinta euros, pero el puto aparatejo me pedía el pink para poder hablar y como es de imaginar tampoco me acorbada…Allí de pie, totalmente paralizado, miré el videoclub, el cajero, el pub y el teléfono y supe que mi vida se había bloqueado misteriosamente. No obstante, aún podía hacer algo aquella tarde. Me fui a casa y tuve una interesante conversación con el tío ese de las estadisticas que me estaba vigilando al otro lado de la tele para ver que programa estoy viendo.