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jueves, 10 de abril de 2008

Melendi y compañía

Frank Zappa defecaba en el escenario mientras su música estridente hacía vibrar al público, Jim Morrison mostraba sus genitales en una de sus últimas actuaciones con su danza etílica mientras sonaban los acordes surrealistas de “light my fire”. En su versión española Alberto Comesaña enseñaba el paquete interpretando “prográmame para el amor”. Ozzy arrancaba la cabeza a un murciélago con los dientes ante cientos de espectadores y los geniales Red Hot Chilli Peppers tocaban sin nada más que un calcetín cubriendo sus partes pudendas. Estos y algunos más no dejaron un solo exceso sin convertir en rutina. Uno ha crecido asociando estas excentricidades a una música contundente que, en su momento, resultó reveladora, de manera que, entre mito y realidad, mi generación ha ido consolidando su estética y sus códigos. Bob Marley y sus rastas, para nosotros, son sinónimo de Reagge, de marihuana y de reivindicaciones sociales en los años sesenta y Lou Reed, su romance con el alcohol y sus textos sobre la locura, el deseo y la traición, son el paradigma de las verdades profundas musitadas. Todo esto ha ido dando lugar a una manera de entender que hemos ido asimilando e interiorizando hasta el punto de abrir nuestras mentes y nuestra percepción, pero yo, personalmente, sufro un bloqueo desde hace algún tiempo. A mí, que nunca me escandalizaron estas provocaciones y que ni siquiera me resultó repelente la estética punk, ahora se me hace imposible digerir algunas cosas. Es que no las veo coherentes. Vamos a ver: aparece el tal Melendi, con unos pantalones de rapero, con un pelo mezcla entre indio Arapahoe y rastas jamaicanas y a uno le parece un tío de lo más radical que va a arrancarse con temas experimentales cargados de guitarras distorsionadas y textos subversivos, pero que va; el maromo se pone a cantar por rumba de la más pachanguera. Yo es que no me entero, me he quedado algo pillado; por muy abierto que intente ser, esto no me parece nada decente. Ni siquiera se trata de rumba callejera como la de los Chichos, cantándole a los macarras de barrio, con su contenido social y tal. No, ni mucho menos; se trata de no sé qué de pantomimas y de fútbol. Cagonlaleche chaval ¿me estás tomando el pelo o qué? Mucho ruido y pocas leches es lo que es.
Un notas, si señor, pero resulta que su hazaña más destacable no es otra que emborracharse en un avión y alardear de tener dinero. Y encima lo sacan en la tele como noticia. Aquí pasa algo raro. Vamos hombre no me jodas; uno se emborracha en un bar, donde te pueda dar una hostia, bien dada, el camarero o el segurata, o donde puedas tirarle un vaso de güisqui a una tía pesada como hizo Sabina o, mejor, en un escenario, donde se demuestra la hombría, como Ramoncín, impertérrito ante huevos y pedradas, pero no en medio del acojonado pasaje de primera clase con tripulación medio pijotera incluida. ¡Si señor, Melendi, esas son movidas y no las de Sid Vicious!
Y no es el único caso, es más, una especie de corriente absurdo-comercial invade el panorama musical. Tíos llenos de pearcings en las cejas y la lengua te cantan baladas de lo más baboso-recalcitrante, luciendo, sin complejos, una cresta repeinadita con gomina. Ya te digo, que no me cuadra. Ni eso son crestas ni nada, y para pearcings: aquellos imperdibles ochentenos clavados por todo el cuerpo sin tanto brillo glamuroso.
¡Si los Sex Pistoll levantaran la cabeza!..te ibas a enterar Melendi.

viernes, 4 de abril de 2008

Pero mira como beben

No es lo mismo, que dice una canción, beber de una manera que de otra, ni beber una cosa que otra, ni el lugar, ni las formas, ni el propósito, ni la compañía ni algunas otras variables que convierten esta práctica en todo un hecho social y personal, una actitud ante la vida; que decía Piaget . Desde la elegante y enorme copa de cristal en la que los más sibaritas ni beben ni nada, pero tontean con un culillo de tinto con pedigrí, hasta el cubata guarrindongo que usa, como combustible en largas noches de juerga, la plebe, joven y no tan joven, hay toda una enorme gama de posibilidades. Bueno, esto de los cubatas, aunque, básicamente, sigue siendo lo mismo, ha cambiado en cuanto a la variedad de licores. Basta con ponerse en la barra de una discoteca a partir de las una de la noche y uno cae en la cuenta de que ha estado viajando por el espacio o que sus relaciones sociales son pobres como para preocuparse. ¿Un qué?, coño…¿qué pide esta gente?, ¿eso que es?, ¿ginebra, ron, güisqui? ¿es que han hecho un cursillo de marcas raras o lo aprenden viéndose unos a otros? Nada que ver con aquellos “destornilladores”, “persianas”, “logumbas”, “san franciscos” y “vacas verdes” de antaño. Vaya nombrecitos que se aprenden ahora. No digo yo que vuelvan los bloody mary o los daiquiris, pero ¿qué habrá sido del Cointreau o del Licor 43?, ¿Sólo sobreviven en botellas con el tapón azucarado, e imposible de abrir, en el mueblebar de las abuelas?

Otro tema es la actitud, una cosa es la forma de beber de un chaval ludópata y aficionado que está más pendiente de la máquina tragaperras que de la consumición, y otra cosa es la escenografía de un animal de barra. El primero la coloca, descuidadamente, sobre la superficie inclinada del cristal resbaladizo y vapulea sin cesar el armatoste, a pesar de lo cual, el cubata, sobrevive milagrosamente durante horas. Pero el segundo es otro cantar, este conoce perfectamente la posición que exigen los cánones de la alta escuela, esto es: codo apoyado en la barra, sobre la que deja caer el cuerpo ligeramente en posición lateral, con una leve inclinación; suficiente como para no dar la sensación de estar muy retrepado, pero que a la vez permita cruzar un pie sobre el otro, de manera que descanse en el suelo sobre la puntera. Imprescindible no mostrar prisa ni tener asido el vaso continuamente; este debe reposar en todo momento sobre la barra, cerca del paquete de Wisnton y de la esclava de oro que se lleva sobre la muñeca de la mano que permanece flexionada hacia abajo, merced al peso de la otra, que la agarra suave pero firmemente. El acto en sí de coger el vaso es tal vez lo más significativo en todo este asunto. Basta con reparar en este simple detalle y sabremos ante que clase de bebedor nos encontramos e, incluso, estaremos en la pista de cual es su filosofía. El chaval aficionado y discotequero normalmente coge el vaso como si de meneársela se tratara, esto es, con toda la mano y todos sus dedos, apretando toscamente hasta el punto de derretir el hielo en breves minutos. En cambio, el animal de barra usa dos o tres dedos a lo sumo, y deja al menos el meñique levantado, como Dios manda. El animal de barra casi acaricia el vaso, no lo agarra, más bien lo sostiene distraídamente y con suavidad, de manera que este pueda balancearse para que los cubitos tintineen repetidamente antes de verter un trago escueto sobre los labios. No es condición indispensable, pero si conveniente el uso de chaqueta. Como es de imaginar, entre aquel y este, hay toda una variedad que escapa a una clasificación exhaustiva, pero que merece ser mencionada en algunos de sus casos. ¿Qué pensar del típico lingotazo con inmediata huida?; ese que se da la señora que llega a un bar nerviosa y revolviendo continuamente en el bolso hasta dar con el móvil para ver si tiene algún mensaje. Esta forma tiene su antípoda, que no es otra que la del señor que siempre ves sentado en la misma mesa de la terraza de una cafetería leyendo el periódico con una copa de coñac. Está cuando vas, cuando vienes y cuando vuelves a pasar y no se le gasta ni el periódico ni el coñac, Esto en cuanto a la ingesta solitaria porque en lo referente a beber en reuniones existe toda una variedad también con formas y bebidas propias. No es lo mismo una reunión de chicas universitarias y alternativas con fulas palestinos que una reunión de compañeros al salir de la oficina al medio día. Las primeras no beberán otra cosa que calimochos y pillarán el puntillo hablando largo y tendido de teatro conceptual, mientras que los otros tendrán los dedos ocupados con las gambas y durante media hora se tomarán un par de cañas hablando de fútbol o de la nueva. Como puede observarse, dos maneras bien distintas de entender el mismo acto.

Hay quien bebe con ansiedad buscando soluciones en el fondo del vaso, hay quien simplemente bebe para acompañar la tapita, hay quien bebe de barril, hay quien lo hace de reserva, hay quien bebe gritando mientras ve un partido, hay quien lo hace brindando y también compulsivamente y por vicio. De los botellones ni hablar porque no se trata de analizar fenómenos de masa, pero si puedo hablar de la relación entre el carácter y los hábitos bebedores de las mujeres que he conocido. Alguien me dijo una vez que no me fiara de las que no beben porque siempre están tensas y carecen de espíritu de camaradería. No sé hasta que punto es verdad, pero la experiencia me ha hecho recelar de las que beben mojitos o sólo coca-cola.

martes, 1 de abril de 2008

La realidad paralela

Mi vida discurre tranquila, no soy dado a grandes excesos ni tampoco me suceden imprevistos desde hace tiempo. Podría decir que tengo casi todo bajo control: dejé el tabaco hace tres años, la cantidad de alcohol que consumo es razonable y siempre justificable, el trabajo, el camino diario hacía el mismo, las labores culinarias y demás quehaceres domésticos, mi exigua vida sexual, los fracasos con las mujeres, las decepciones con las pocas amistades que entran y salen de circulación, mi barriguita algo más que incipiente, el clareo sospechoso en alguna zona del cráneo, las dermatitis ocasionales, los bajones de ánimo, la falta de un abrazo cuando esto sucede, el sentimiento de culpabilidad por no hacer más ejercicio, mi complejo por no saber inglés, la ropa amontonada en la canasta, los sustos con la salud, la cama sin hacer, el no saber qué hacer ni a dónde ir cuando estoy de vacaciones, la improvisación, mi claudicación e, incluso, la hora de despertarme sin necesidad de despertador.
Soy consciente de mis limitaciones; las de siempre y las que van surgiendo y tengo que digerir como buenamente puedo. Hasta no hace mucho tenía muchas cosas claras y, sin saberlo, contaba con algunas prerrogativas de las que no era consciente hasta que noté su ausencia. Ya no me es suficiente una cita con una chica para llegar a mayores, ahora son necesarias tres, como mínimo, hasta que accede, y sin grandes maravillas, es más, incluso tragándome mi ración de desaires, lo cual me recuerda que he perdido facultades. A veces, incluso, con la extraña sensación de que me están haciendo un favor. Pero eso es lo que hay y para nada vale recurrir a aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo jamás había oído frases como: se me perdió tu teléfono, te quiero como amigo, he estado muy liada…y ahora he descubierto que existe todo un repertorio extensísimo del que ni tenía noticia.
Anoche bajé al pub a tomarme mi cervecita Mezquita, que me gusta a mí y además es de la tierra. Jugaba el Madrid y el local estaba hasta la bola . Normalmente me tomo mi consumición tranquilamente, pero esta vez me sorprendieron las voces de un tipo al que siempre he visto solo y callado, un tipo serio de los que van de perdonavidas y parece que le cuesta soltar una sola palabra. Había que verlo riendo como un loco y hablando en voz alta a alguien que no existía, salvo en su mundo, porque se encontraba solo en medio de toda aquella gente. Seguía con el cuerpo la trayectoria de una jugada hasta el punto de casi caerse de la banqueta. Totalmente imbuido en su mundo, el tipo reía, se levantaba, se sentaba, se enfadaba, se ponía irónico y gesticulaba sin ningún reparo. Fue terminar el partido y volvió a su ostracismo; pagó, descolgó su chaqueta y se largó sin despedirse de nadie. Supongo que, un poco, todos tenemos un mundo irracionalmente desconectado de nuestras otras realidades; un mundo o una realidad paralela que nos convierte en contradictorios con nosotros mismos. Es un lugar al que nunca accedemos para juzgar o ser coherentes; es nuestro espacio privado y en él nos permitimos todo tipo de licencias impensables fuera, el lugar en el que el policía varonil se viste con tutú, la funcionaria monjil se embute en cuero negro y tú, posiblemente, no puedes evitar apagar los interruptores con el codo o sentirte fascinado por Georgi Dan. A mi amigo Ramón le dio por pintar grafitis, una noche, después de beber un par de chupitos de absenta. Me contaba que los mejores cuadros del siglo pasado y las mejores composiciones poéticas se escribieron bajo los efectos de ese líquido verde y diabólico y me decía:
-Piensa en Toulouse Lautrec, Baudelarie, Gauguin o Van Gogh, la mayoría de las veces, acompañando la ingesta de un ayuno prolongado que les provocaba todo tipo de peripecias mentales con visiones llenas de texturas rugosas y colores intensos… Aquel fue un fin de semana algo pesado. Sobre todo después de soportar a Ramón sobre mis hombros para que pudiera ultimar algún detalle en lo más alto de su obra. Y hablando de mundos paralelos, no dejo de pensar en lo que ocurrió ese mismo fin de semana. Una llamada inesperada y una amiga que se mete en la cama conmigo de la forma más entregada y apasionada. Quién lo diría después de tanta frialdad y gesto estirado antes y después del suceso. Tonto de mí que no hacía otra cosa que preguntarle por el mecanismo mental que la llevó desde el más aséptico de los tratos hasta las convulsiones ruidosas y los abrazos. Por supuesto no me lo iba a decir, sería mucho explicar, imagino. Pero ahora que lo he pensado, he caído en la cuenta de que le pasaba algo parecido a lo del tipo reservado que veía el futbol vociferando. Ella terminó su partido y después no quiso ni que le cogiera la mano. Cosa que me dejó algo descolocado, pero bueno…cada cual entra y sale de su realidad inconfesable cuando y como le da la gana y ahí yo sólo era un invitado.
Hoy me he quedado atrapado, al salir de la cochera, entre dos camiones. El tipo se pone a descargar tranquilamente unas cajas y el de atrás pitando. -Voy a llegar tarde, eso es una realidad ya inevitable, pensé. En mi mundo paralelo me habría bajado y le habría dicho una frase contundente y persuasiva tras la cual, el camionero corpulento, no habría tenido más remedio que dejar de descargar las cajas y dejarme pasar, pero se trata de un inmisericorde lunes y eran las ocho y media de la mañana y, además, me saca dos cabezas. Iba pensando en que tenía que imprimir un documento que llevaba archivado en el lápiz óptico para entregarlo a primera hora. El ordenador se bloquea, el director me apremia para entregarlo y me exige copias. La fotocopiadora se queda sin papel, luego sin tinta, y mi ex me llama para pedirme no sé qué del importe de unas facturas. Le cuelgo y le digo a la secretaria que si vuelve a llamar mi ex que le diga que me he ausentado. La chica, que tiene ganas de polémica, me dice que no es “mía” que ya es una mujer independiente y que tengo un lenguaje machista. En ese momento mi mente se detiene durante unos intensos y silenciosos segundos. Una mirada fulminante se posa sobre sus ridículas gafas de montura blanca y ella pregunta: ¿qué?, ¿pasa algo? …En mi realidad paralela e inconfesable le habría dado un bonito golpe al ordenador, me habría fotocopiado los genitales y le habría entregado las copias al director con dos horas de retraso y a la secretaria le habría respondido..sí pasa bonita, que además de ser desagradable tienes halitosis, un gusto pésimo y una cara de mal follada que no puedes con ella. Pero no, no era la hora ni el momento y simplemente respondí:
-Perdona que discrepe contigo, pero creo que el hecho de que use un pronombre posesivo para referirme a la persona de la que me he separado no me convierte en posesivo ni machista. El posesivo es el pronombre, no yo.

lunes, 24 de marzo de 2008

Semana Santa en Pekín

A mi vecino le dije hace algún tiempo que esta Semana Santa me iba a ir de viaje. Siempre lo hago y él también me cuenta sus andanzas. Yo tenía planeado un viaje a la costa con una exótica rubia, pero esta vez la rubia me ha fallado por una cuestión de malos entendidos; no me toleró que discrepara con ella en una conversación y eso me costó que pasara de mí. Poco ha tardado en encontrar otro acompañante, arruinándome a mí el viaje sin mayores miramientos. Supongo que habrá optado por un individuo de esos que saben de qué va esto y que se han adaptado a la nueva situación. Yo conozco a estos tipos; uno de ellos, en una ocasión, me advirtió que con las mujeres no se puede discutir; lo tienen plenamente asumido y se les puede reconocer fácilmente porque son los que bailan con ellas hasta la madrugada y se saben los pasos de las sevillanas.
Me consta que, por su parte, mi vecino ha estado en Cuenca, y yo, después de todos los pormenores con los que le relaté mis planes, ahora no sabría cómo explicarle que todo se me chafó. Ya han acabado estos días, con su operación regreso incluida, y soy consciente de que antes o después me tendré que encontrar a Juanito en las escaleras o en el ascensor y que será inevitable la charla al respecto.
Después de estar sin salir durante todas las vacaciones, por fin han abierto los comercios y puedo volver a interaccionar con el entorno; aunque sólo sea para hacer la compra en el supermercado de la esquina. En esta ocasión no voy a llevar la lista; prefiero hacer de este acto rutinario, al que me enfrento casi diariamente con prisa y fastidio, un paseo agradable por un bazar de ambrosias exóticas; un viaje en el que recrearme y relacionarme con todas esas personas que cotidianamente me pasan desapercibidas. Tengo comprobado que siempre que llevo la lista, comprar me estresa más y se me hace más tedioso y, además, no sé por qué motivo, tardo más en realizarla cuando debería ser al contrario. Pero hoy…hoy va a ser diferente porque he encontrado en el supermercado, casi sin pretenderlo, una manera de encauzar mi frustración viajando con la imaginación. Basta con mirar un poco sin prisa las cosas; captando su esencia y sintiendo sus vibraciones. Es fácil. ¡Anda, melones de Coín!... y mi mente me transporta, en ese preciso momento, mientras sigo andando entre las estanterias como si de las luminosas huertas sureñas se tratara. Piña de Canarias, y en seguida me veo viajando en avión hasta las islas afortunadas, donde degusto esta fruta bajo una palmera a la vez que paso por la charcutería; fresas de Almería, y mis ojos divisan el mar de invernaderos de plástico y calles llenas de aromas marroquíes al atardecer. Chirimoyas de Motril, ¡ahí tuve yo una novia!, y a mi paladar llegan lejanos sabores de jugosas almejas marineras. Papayas de…joder ¿de donde son las papayas? Bueno sigo, no pienso bloquearme con las papayas. Paseo de nuevo por la frutería ¡Coño con la frutera!...y la evocación de garotas brasileñas es inmediata y gratificante. Esta vez no voy a dejar pasar la oportunidad de hablar con ella aunque sea para preguntarle si tienen pepitas las sandías. Ostras…mi vecino. Es inminente el encuentro en alguno de los pasillos del súper y sé que no puedo eludir por más tiempo lo ineludible, pero todo es más rápido de lo que pensaba. Mi vecino, que me ve, se acerca hasta mí con un trotecillo cochinero que anuncia sus intenciones y, sin apenas darme tiempo a reaccionar, no duda ni por un momento en soltarme: ¿qué tal las vacaciones con la rubia? Ummmmmmmm…entre tanto tomate de Murcia y tanto salchichón de la Alpujarra, no me apetece apearme de mi viaje fantástico y le respondo como es de esperar.
-Pues nada vecino, en Pekín pasando la Semana Santa. ¿No conoces la semana santa china? Si hombre, es cojonuda; una celebración recomendada en las mejores agencias. Los chinos es que son igual para todo; con el mismo interés que adoptan la revolución y fabrican ropa barata, te hacen unos pasos que te quedas asombrado. A estos tíos es que no les queda nada por imitar y cuando quieres darte cuenta se te han metido hasta en la sopa. Para la próxima temporada han planeado vender en los bazares españoles trajes de penitente con gorro y cirio a diez euros. De hecho dicen que Jesucristo, antes de ser quien era, pasó por un templo budista del Tibet; no es coña eh. Allí está su nombre escrito en el registro de monjes aprendices; se ve que no terminó de convencerle eso de llevar la cabeza rapada y se volvió para montar el belén. Ya ves, con lo revuelto que está ahora el panorama con el tema de las protestas para bloquear las olimpiadas, y allí es que ni se nota nada en el ambiente…lo que yo te diga…geniales estos chinos eh. Igual que cortan la Gran Vía para sacar los dragones de papel y celebrar el año nuevo de la rata, te llenan la avenida Ho chi min de penitentes y romanos con espadas samuráis. Es que lo imitan todo. En cuanto a la rubia, te diré que me discutió y la dejé tirada mientras oía saetas en la puerta de una pagoda.

sábado, 22 de marzo de 2008

Una extraña voz en off

Esto de llevar tiempo viviendo solo está influyendo en mí hasta el punto de metamorfosearme de una forma insospechada. Está cambiando radicalmente y sin pausa mi manera de ver las cosas, de relacionarme, de hablar e incluso de reírme. Los contenidos de mis conversaciones son algo totalmente inaudito y no hablemos de las experiencias que me está aportando a nivel personal y humano. Sí, el primer sorprendido soy yo, y me tiene preocupado. Me tiene muy preocupado que en los saraos con amigas me sienta en mi salsa y totalmente cómodo hablando del último modelo que he adquirido de centro de planchado y de las bondades y ventajas del aparato con respecto a una plancha normal y entro, placenteramente, en el debate que unas apoyan y otras refutan. No es que ya hable menos de fútbol o de coches, no; es que prefiero relatar con todo lujo de detalles como se desliza veloz y eficazmente con su potente golpe de vapor sobre la prenda, dejándola lisa con el mínimo esfuerzo. Muestro mi satisfacción con las posibilidades de mejora de mi calidad de vida al emplear menos tiempo para esta labor y lo poco tediosa que resulta ahora. Para más recochineo incluso les cuento mi habilidad en coger los bajos de los pantalones mediante una cinta adhesiva que se aplica con la mencionada plancha. Esto, sin duda, ha sido un descubrimiento importante porque hasta que alguien me habló, en una de estas reuniones, de esta técnica domestica, los bajos eran un problema sin una solución digna a mi alcance. No es necesario contar en qué consiste el, ignominioso aunque socorrido, grapado que hasta ese momento me sacaba de apuros. Y ahora que lo miro...se me ha vuelto a despegar y voy pisándome el pantalón de nuevo. Mañana tendré que ponerle otro trozo de cinta. ¿Y qué decir de las charlas sobre el maravilloso intercambio de recetas para la maquinita que cocina sólo con echarle los ingredientes? Aggggghhhhhh...eso sí que son conversaciones instructivas. La chica morena de mi derecha está interesada en la receta de coliflor rehogada con jamón que le he recomendado indicándole, además, programa y tiempo necesarios para su elaboración; con lo cual caigo en la cuenta de mi dominio de esta tecnología. Por su parte, a la rubia de la izquierda le han entrado unas ganas irrefrenables de desembalar la maquinita que le compró su ex marido justo antes de separase, intentando, inútil e ingenuamente, evitar el desenlace fatal. Estando en estos lances, justo cuando más a gusto me encontraba, me sobrevino el flash que me dejó paralizado mientras una voz en off resonaba en mi cabeza; de forma semejante a como lo hacen las reflexiones de los actores en las películas o los anuncios, haciéndome tomar conciencia de que algo raro me estaba pasando. Una extraña sensación, algo preocupante, me inundó junto con esta incómoda idea .
Tengo claro que no estoy sufriendo una crisis de identidad y que no me estoy decantando hacia el lado gay. Muchos dirán, incluido yo mismo, que qué tiene que ver una cosa con otra; y es verdad, pero no puedo evitar que se me haya venido a la cabeza dicho pensamiento. Además, por si hubiera alguna duda, recuerdo que los ojos se me iban detrás de las piernas de la morena mientras le relataba el tema de la colada. Esto no deja de ser tranquilizador, pero de seguir así acabaré hablando de bragas, ya verás. Y ahora que lo menciono...hace unos días me fue bien una cita y acabé desembragando a una rubia bastante sofisticada que usaba un modelo desconocido para mí. En ese momento caí en la cuenta de que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que me vi en una situación semejante. Fíjate que en aquella ocasión hacían furor esos tangas de la cuerdecita metida en la raja. A saber los modelos de lencería que me he perdido en todo este tiempo. Eso también me tiene preocupado; supongo que la culpa la tiene el haber abandonado todo asomo de galantería seductora en pos de las entretenidas charlas sobre tecnología doméstica. De todos modos, tengo claro que ahora soy un hombre de mi tiempo, separado y solitario que domina a la perfección lo que antes era su terreno indiscutible y, sinceramente, encuentro la mar de gratificante mi venganza, haciéndoles saber que ya no hace falta para nada una mujer en casa y que, incluso, lo hago mejor que ellas. Estoy pensando en invitarlas a probar unos de mis guisos para que mi venganza sea total.

jueves, 20 de marzo de 2008

No nos da igual donde meterla

¿Y qué si a los hombres nos da igual acostarnos con unas que con otras? De todos modos yo no estoy de acuerdo con la afirmación femenina de que somos capaces de metérsela a una escoba con falda. Es cierto que a las tres de la mañana, con tres copas encima y en el lugar oportuno uno va bajando los niveles de exigencia a base de frustraciones con las guapas del lugar que, por otra parte, están ocupadas, todas, con los mismos individuos. Es fácil ver a grupos de mujeres en torno al mismo tío, y no me creo eso de que sea gay necesariamente. Por otro lado puede observarse diversos grupos de tíos, solos, mirando indecisos y temerosos por el patinazo inminente que supone acercarse a las inasequibles diosas de la noche. Es que no se trata precisamente de lucirse hablando sobre impresionismo pictórico, ahí no me defendería mal; se trata de algo mucho más difícil. Todo esto es cierto, hasta el punto de que a esas horas las féminas ganan en esplendor y belleza aunque carezcan de esta a plena luz del día. Eso es posiblemente a lo que se refieren cuando aseguran nuestra total voracidad indiscriminada. ¿Indiscriminada? No hombre, no señor, me niego a aceptar esa premisa. Uno empieza por decirle guapa a la morenaza del pelo rizado y acaba asiendo los flotadores de la rolliza de la esquina, pero hasta este momento ha ocurrido todo un proceso en el que el cazador ha ido renunciando paulatinamente a las piezas más suculentas. Durante tal singladura uno ha tenido que encajar desplantes tales como tener la sensación de hablarle a la pared mientras despliega su mejor sonrisa y su repertorio más divertido ante la rubia llamativa, uno ha tenido la extraña experiencia de que la tía del escotazo te habla por la oreja derecha; porque no se ha dignado en ningún momento a mirarte de frente, amén de todo tipo de lenguaje corporal displicente como miradas inquisitivas tras un roce involuntario o rictus labiales semejantes a los que haría quien se extrae succionando un resto de comida de entre los dientes. Después de todo esto y aunque sólo sea por amor propio uno mira al rincón buscando un alivio y ahí está ella; la chica carente de encantos, como pez en el agua y permitiéndose desplantes a diestro y siniestro. No se ha visto en otra y disfruta de la atención de varios candidatos a hacer realidad aquello de sábado sabadete. Así que no me digas a mí que la metemos en el primer agujero cabreado que encontramos porque no es fácil encontrar agujeros, ni cabreados ni gozosos. De todos modos siempre se ha dicho que bajo un bombardeo, cualquier agujero es trinchera, y puedo darte más razones amparadas por todo tipo de frases sentenciosas para demostrarte la consistencia de lo que te digo. Además, si así fuera, siempre es una concepción más democrática que la elitista actitud femenina. Si por ellas fuera aquí no mojaban nada más que los mismos de siempre, y a los demás que nos den. Nunca he entendido que detesten tanto los harenes cuando en realidad son ellas las que fomentan esta práctica. Si no que se lo cuenten al “chinga”. En cambio nosotros abogamos por el derecho de todo el mundo a echar un quiqui; sin discriminación física o psíquica y sobre todo sin exigir compromiso alguno ¿acaso no es más noble y más natural?
Lamentablemente carezco de tirón erótico que me permita tener una vida sexual y emocional a la carta, pero tampoco es que vaya buscando solo fornicio. Uno tiene su corazoncito, y si no... ¿por qué me hice doscientos kilómetros para conocer a una chica de internet? Entre la gasolina, la cena, las copas y el hotel, te aseguro que me salió tres veces más caro que el mejor de los burdeles, y encima ni me unté. Eso sí, se me quedó una cara de gilipollas peor que la de krahe con Marieta. Así que, a mi no me digas que nos da igual donde meterla...

martes, 18 de marzo de 2008

¡Faltaría más!

Soy mujer, española, tengo 41 años y estoy separada. Sin duda lo más importante en mi vida es mi hijo y lo demás, con el tiempo, ha resultado tener una importancia relativa y circunstancial. Hace algún tiempo reflexioné sobre una frase que leí en un artículo, la cual aseguraba que la única diferencia con la psique masculina es que la nuestra está más conectada con el sistema hormonal y las emociones. Tal vez por eso, a menudo, no sé qué me pasa ni sé lo que quiero. Me identifico con las canciones de Olga Román aunque me parecen las divagaciones de una chica aburrida e insatisfecha; veo algo neurótica esta actitud, pero no puedo evitar pensar que yo también siento como ella.
Pertenezco a una generación que nació en una época en la que se respiraba la aceptación del modelo masculino, desde el primer balbuceo, sin cuestionar nada. Con todos los cambios vividos en estos últimos años, y la posterior concienciación, esto se ha traducido en una actual repulsa que se hace patente cuando percibo la más mínima sospecha de actitud machista.
Un amigo me comentaba que esta repulsa mía es casi un arquetipo con sus tópicos y sus tics correspondientes. También dice que hemos pasado a detestar a los hombres sin tener el más mínimo interés por conocer un poco la naturaleza masculina y los rigores de la testosterona sobre el género opuesto. Asegura que durante estas últimas décadas las cosas han cambiado porque muchos hombres han participado en el avance de la mujer y que la mayoría han ido conociendo la sexualidad femenina, tan desconocida antaño, a base de debates televisivos y artículos literarios que han devorado con interés.
Es cierto que ya no se oye a ninguna mujer decir que desconoce el orgasmo a causa del descuido y la torpeza de los hombres y añade que ahora, a pesar de que más de la mitad del funcionariado del estado es femenino y que la libertad de la mujer es un hecho generalizado, el modelo masculino es desconocido y denostado con frases tales como: “piensan con la cabeza de abajo”. También dice que negamos lo que nosotras mismas parimos y en alguna ocasión me ha dejado pensativa señalándome algunos de mis comportamientos con mi hijo. Ciertamente no me gustaría oír a ninguna mujer decir sobre él algunas de las cosas que a menudo digo yo, pero es mi hijo y es distinto.
Desde que me separé han pasado por mi vida y por mi cama distintos hombres, por distintas razones y de manera también distinta, pero las secuelas y el proceso, sin embargo, ha sido siempre el mismo, siempre se repiten los mismos esquemas. Al principio creía que era una extrapolación de mis propias fobias a cada una de las relaciones e intentaba corregir este defecto, pero con el tiempo, además de descubrir la gran dificultad que entraña cambiar algo en ese sentido, me ha sobrevenido la desgana por hacerlo.
No es que no desee el amor fiel, confortable y respetuoso de un hombre, no es que me llene vivir a salto de mata e improvisando la mayoría de las veces, pero desde hace algún tiempo he aprendido a disfrutar de la ausencia masculina en mi vida. No sé si el hecho de no tener que dar cuentas a nadie y esta tranquilidad que me da la libertad compensan esas carencias ineludibles de la falta de pareja; a veces pienso que son contraproducentes y una imposición de la sociedad. De todos modos, mi horario laboral y la atención que requiere mi hijo me impedirían tener una pareja al uso, con proyectos comunes y una convivencia satisfactoria.
Pero lo peor, tal vez, son las vacaciones y los puentes y las fiestas. Es entonces cuando verdaderamente me siento un poco al pairo a pesar de tener previamente organizado un viaje con unas amigas. Es cierto que lo pasamos bien y que en muchas ocasiones acabamos acostándonos con el conductor del autobús o con el camarero del hotel, que bailamos como locas y que nos sentimos las reinas de nuestra vida. Sin embargo a todas nos pasa algo parecido al experimentar una especie de sensación extraña de que algo nos falta, de que la nuestra es una situación postiza.
En alguna otra ocasión en la que las amigas no estaban disponibles he accedido a pasar unos días con un amigo en algún lugar que prometía ser exótico y, como quiera que viajar sola me fastidia tremendamente, me embarqué, sin más miramientos, con alguien que en todo momento, desde que lo conozco, ha sido respetuoso y amable; cualidades estas que me parecieron suficientes aunque no me atrajera lo más mínimo como hombre. Pero todo se jodió en algún momento determinado de la primera noche en el que decidió convertirse en una especie de pulpo insufrible.
Ayer vi pasar a mi ex al salir de una cafetería y, aprovechando que él no se percató de mi presencia, me quedé observando lo estropeado que está ya. Esa barriga abultada, esa calva y ese aspecto descuidado...ahora sería incapaz de meterme en la cama con él. No es que me vuelvan loca los jovencitos, ni querría uno por pareja, pero fue agradable descubrir, en su momento, que se pirran por follar con mujeres maduras. Es divertido verlos merodearnos en las discotecas y en los pubs con sus tipazos de gimnasio y su ropa ajustada. Ahí están para una emergencia. En alguna que otra ocasión me han hecho chillar, como una descosida, en los asientos de atrás del coche aunque después me haya costado trabajo sacudírmelos de encima.
Es curioso que todas las amigas con las que he hablado sobre el tema coinciden en que los mejores polvos fueron los que tuvimos durante los momentos inmediatos a la separación. Todas tuvimos la sensación de que, durante años, nos habíamos perdido lo mejor del género y disfrutamos de una intensidad desconocida hasta el momento; sexo sin cotidianidad, sin reproches, sin recelos agazapados, sin tener que hacer de tripas corazón, sin tener que disfrazar nada y sin necesidad de juegos estimulantes antidesmotivación.
“Detesto” acostarme con hombres sólo por sexo, pero tampoco quiero pareja, de manera que voy improvisando fórmulas y citas por internet. A veces quedo con un escritor que me parece interesante hasta que lo conozco en persona, otras quedo con un varonil policía que me altera las hormonas y pasa a la siguiente de su lista; dejándome con ganas de más y con las precauciones desmontadas; otras veces me conformo con que simplemente me hagan reír y me hagan sentir bien y soy yo, a continuación, quien pasa del tipo, yéndome con el siguiente de la lista.
Ocurre que deseo enamorarme tanto como me aterra, es una de las cientos de contradicciones de las que soy presa a diario; con el tiempo, esto es algo que ha llegado a ser ciertamente incapacitante hasta el punto de bloquearme y paralizarme; pienso que por una cuestión de proteger mi salud mental.
Muchas veces recuerdo los malos momentos y los trances propios de la separación, el valor que se necesita para tomar una determinación así. Fue duro decidir que mi hijo ya no iba a convivir en una familia en la que podía disfrutar a la vez de ambos congéneres bajo el mismo techo. Fue difícil romper los planteamientos vitales de tres personas poniendo patas arriba todo. Recuerdo la adaptación y el transito difícil hacia lo que ahora llaman familia monoparental, recuerdo la resistencia del entorno y de los amigos a aceptar algo así, y también recuerdo los primeros momentos en los que la familia te da la espalda. Después de todo aquello, supongo que no voy a tolerar que el primer tipo que aparezca venga a decirme lo que tengo que hacer. Por eso rompí con uno que se enfadó y me puso mala cara por llegar dos horas tarde; por eso mandé a paseo a otro que prefirió ir a visitar a su tía enferma en lugar de estar conmigo un sábado por la noche; por eso abandoné a otro que se enfadó porque me acosté con su amigo y, por supuesto, mande a la porra a otro que me humilló diciéndole guapa a mi amiga....¡Faltaría más!