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miércoles 18 de noviembre de 2009

Vivir al margen

Seguramente por alguna causa relacionada con mi bagaje y mis experiencias asocio la idea de vivir al margen con la estética del desaliñado. No hablo del forajido polvoriento de las películas del oeste; más bien pienso en el personaje de Nancho Novo en “El astronauta”, el de Chete Lera en “Finisterre” o el de Alberto San Juan en “Bajo las estrellas”.
En su versión musical y totalmente real te hablo de Quique González; el cantautor que me habría gustado ser, y que además lleva la vida que me gustaría vivir; retirado en una casa rural de Cantabria con su perro, componiendo todo el día en soledad, mirando por la ventana una pasada de paisaje, acudiendo a la civilización sólo para pillar costo y güisqui o llenar la nevera de pizzas y comida preparada y haciendo lo que le sale de los cataplines. Reconozco que me pierde esa actitud existencial de la dejadez y la despreocupación, tal vez porque nunca me he podido entregar a ella, o quizás porque la asocio con el bienestar interior que nunca he tenido a causa de las presiones incómodas que siempre me han rodeado.
Qué quieres que te diga, puestos a elegir, yo hubiera preferido tener un padre hippie que hubiera estado en Paris en mayo del 68 y un hermano mayor que me hubiera pasado condones e ideas libertarias, pero lo que tuve fue un padre fieramente proletario y un hermano mayor facha. Y digo puestos a elegir porque salvo Ismael Serrano, que se sigue creyendo universitario con 37 años, soy consciente de que los hijos de los progres reaccionarios y cultos tampoco han estado nunca demasiado satisfechos con su vida, y siempre han reprochado a sus progenitores no haber tenido con ellos un poco de mano dura. Evidentemente los muy gilipollas no saben lo que están diciendo, pero vale…
Hace tiempo dejó de cernirse sobre mí la sombra represora de la familia y empecé a ejercer en mi trabajo; un trabajo que me estresa y me coloca ineludiblemente en una posición ante la sociedad de la que no puedo escapar. Se espera de mí y se me exigen posiciones, actitudes e ideas que detesto. Para cuando todo esto me resultaba demasiado insoportable ya era tarde; sobre todo porque las cosas no están como para andar buscando cambios ideales con los que realizarse laboralmente. Escapo, claro que sí, pero sólo hasta la esquina y en una carrera desesperada que termina en un parón jadeante por falta de aliento. Supongo que, como para casi todos, es la única huída que puedo permitirme y supongo también que más que una huida resulta ser una fantasía domesticada y previsible.
Hace unos días coincidí en un bar con una vasca de gente que yo siempre he mirado de lejos, con cierta envidia y un poco sorprendido, como si se tratara de una raza aparte, precisamente por ser de esta manera que ando contando. Siguen juntándose en grupo en torno a las cañitas y tal, como antaño lo hacían. Son los mismos desaliñados y demacrados de siempre, los de la cabaña del turbo, pero ahora con hijos tan demacrados y desaliñados como sus padres, y la verdad es que ya no me parecen tan libres como me lo parecían en su momento.

domingo 15 de noviembre de 2009

Una de complejos


En su momento yo tenía un complejo enorme. Siendo, como era, izquierdoso y cantautor no podía concebir que no me gustara Serrat. Es como si a un escritor y ávido lector no le gustara El Quijote, que por cierto me parece un plastazo, por mucho que en las clases de literatura me hicieran ver la dimensión artística de la obra.
En fin, que yo procuraba esconder y disimular esta desconcertante circunstancia. En una ocasión lo declaré y me tacharon poco menos que de hereje, así que en las reuniones de amigos con la guitarrita y en las sesiones jam, con otros músicos, procuraba eludir la cuestión cuando se me solicitaba interpretar algo del cantante catalán; bien haciéndome el sueco o ausentándome para que no notaran que no sabía ni tararearlo. Joder, es que me sentía hasta un intruso.
Fíjate que todos los autores que a mi me gustaban hablaban de Serrat como el maestro. Pues nada, y mira que hice esfuerzos eh…y no es por ser cerrado; que a mi me gustaba hasta Quintín Cabrera, pero esos gorgoritos trémulos de mi tocayo es que me resultaban insoportables. Llegué a pensar incluso que no me gustaba porque le gustaba a todo el mundo, pero por esa regla de tres no debería haberme gustado Sabina o Silvio Rodríguez. También pensé que tal vez nunca le perdoné que viniera a mi pueblo a actuar cumpliendo con todos los cánones de lo que yo entendía, por entonces, que era un cateto en toda regla, es decir: con unos pantalones de tergal acampanados y una camisa de satén con los picos del cuello de más de una cuarta. Sí ya, vale…que es un poco estúpido por mi parte hablar así; es que estoy hablando de los años ochenta. Bueno que, con todos mis respetos y reconociendo su valía a la que parezco no ser sensible, al final llegué a la conclusión de que simplemente no me gusta Serrat.

domingo 18 de octubre de 2009

El tocón.


En muchos trabajos es relativamente fácil encontrarse con un personaje que te descoloca totalmente. En mi caso se trata de alguien que desde el primer momento me resultó totalmente chocante. Muchas personas pueden parecerle a uno desconcertantes; hasta ahí todo puede ser relativamente normal, pero si además, ese personaje en cuestión, te hace sentir vergüenza ajena, la cosa adquiere otro matiz.
Te hablo del típico tocón. No hablamos de un vulgar y descarado metemano, no; aunque a veces lo parezca. Hablamos de alguien que es consciente de que cuenta con ciertas circunstancias contextuales que hacen posible sus actuaciones… y las usa. No es que tenga unas estrategias demasiado elaboradas como modus operandi, ni tampoco creo que lo haga de forma totalmente natural, así... sin darse cuenta.
Al principio pensaba sobre mí mismo “joder que retorcido soy y que mente más calenturienta tengo; este tío es de una generación más joven que la mía e indudablemente ve las cosas de una manera más natural”…y una polla.
Un servidor, que ha sido bastante abierto y receptivo con todo tipo de teorías, a lo largo de años de interesantes charlas en torno al hachís, no puede evitar justificar inconscientemente la visión de las repetidas ocasiones en que ha presenciado tan burdos e inoportunos tocamientos. En esas ocasiones uno recuerda aquella afirmación que aseguraba que si la gente se tocara más, habría menos odio en el mundo (seguramente la inventó un tocón) y uno se dice a sí mismo que es bonito que la gente se regale cariño de esa manera. Pero entonces ¿porque sólo toquetea a las que están buenas?
No digo yo que les coja el culo directamente o les restriegue la cebolleta, no se trata de eso, ya digo que gasta cierta pericia a la hora de impartir su “buen rollito sin malas intenciones” a pesar de que ha demostrado, en más de una ocasión, lo cabrón que es.
¿Será algún trauma de la infancia o una necesidad imperiosa de calor humano? ¿Se sentirá desamparado la criaturita? ¿Estaré yo juzgando insana e injustamente una cuestión que mi mojigatería mediocre no sabe valorar en su justa medida?
En mi descargo tengo que decir que una de las primeras lecciones que recuerdo de aquellas clases de filosofía de tercero de BUP, que recibí allá en la noche de los tiempos, era la identificación del espacio propio, el inmediato y no sé que más. Recuerdo hasta el dibujito de círculos concéntricos que ilustraba el texto, y la cuestión aquella de los conflictos que se creaban con la invasión de esos espacios vitales. Yo sacaba buenas notas en filosofía eh.
Ahora, con esa actitud realista y descreída que te dan los años, pienso que tal vez pueda tratarse de una modalidad gris y opaca de sexualidad. Ni siquiera un vicio inconsciente y por supuesto, mucho menos, una inocente forma de expresión de compañerismo.
¿Será que me da envidia? (como decía alguien con quien comenté el tema después de haberlo observado ambos). Pero ¿envidia de qué? ¿De ver los respingos que pegan las compañeras cada vez que este “señor cariñoso” las coge de la cintura? ¿De ver sus caras de fastidio cada vez que este tío les sobetea los hombros a las nueve de la mañana, sin venir a cuento? ¿De ver como les coge las manos o les aprieta los brazos cuando las encuentra desprevenidas en los pasillos o en el ordenador? De todos modos, yo jamás podría hacer algo así, y no es que lo considere un crimen, como mucho un abordaje inoportuno, molesto y feo de presenciar.
¿Será que tiene un encanto tal que llega con ellas a un grado de confianza al que yo nunca podré llegar? ¿Incluso con las que llevan tres días en el centro?
Con el tiempo uno ha visto demasiadas cosas como para creer en los cuentos de pan y pimiento y en este caso, que no se trata precisamente de un príncipe azul sino más bien de una rana de ojos saltones hipertrofiada en gimnasios, uno cae en la cuenta de que simplemente no se ha visto en otra porque no se come una rosca (he tenido ocasión de comprobarlo) y que se aprovecha de estar ahí con su aspecto de simpático inofensivo y colega del novio de las chicas. No sé yo si a los maridos les haría gracia ver como manosean a sus cónyuges tan "sanamente", ni tampoco me importa demasiado, la verdad.
Por muy de mal gusto que me parezcan las actuaciones del tocón, de paupérrimo gusto sería decirle algo al respecto, así que nada…a disfrutar con la biodiversidad. Sobre todo porque desatinos hay para todos los gustos. Me consta que hay alguna que hasta le sigue el rollo y otra que por agravio comparativo se siente despreciada y abandonada por no haber sido abordada nunca por este señor. Ya ves tú.

miércoles 14 de octubre de 2009

Mis placeres favoritos


El placer de leer un buen artículo que me haga reír o me estimule las neuronas sin llegar a cuestiones demasiado existenciales. El placer del aroma de una varilla de sándalo consumiéndose, a media luz, en un pebetero marroquí de madera taraceada. El jazz rompiendo el silencio de la noche, como un reconstituyente poderoso.
A mí no me hace falta pensar demasiado para saber cuales son mis placeres favoritos; un buen polvazo con una tía buena y una buena cerveza fresquita antes de comer al salir del trabajo, y si es en días de calor… ni te cuento.
Una vez oí decir al personaje de alguna película, en uno de esos diálogos en off, que la manera más sublime de vengarse de la mediocridad de la vida es hacerle el amor a una mujer hermosa. Sí claro, que duda cabe, pero puestos a elegir me quedo con la cervecita. En términos económicos es mucho más barata que el servicio de una señorita en un burdel, pero no se trata de eso. Yo después de un cervezón, con un poco de imaginación y trabajos manuales, puedo aliviar el deseo sexual como hacen miles de personas; incluido yo mismo en periodos de sequía, pero esa simplicidad inefable del néctar de cebada fermentada es del todo insustituible.

miércoles 7 de octubre de 2009

Algo bueno me tenía que pasar.


Por el hueco de las escaleras oigo chiflar a mi vecino. Son las ocho y media de la mañana, pero da igual, este tío chifla a todas horas, todos los días. Siempre que me lo encuentro, entrando o saliendo del portal, o recogiendo el correo del buzón lo hace. También lo hace la colección de pájaros enjaulados que tiene en el patio de luces. Los pájaros no sé qué interpretan pero él va para dos semanas que no cambia de repertorio. Hoy también me lo he cruzado y no he podido evitar pensar que es un “chiflatodashoras“, ni siquiera un cantamañanas, que sería lo normal.
No estoy para grandes alegrías y a pesar de que hay quien asegura que también es posible la felicidad un lunes por la mañana, yo no puedo ver la vida con optimismo después de unos kilómetros de carretera mojada y congestionada para volver a ver otra vez las mismas caras. No, no señor. Hoy no puedo ver el rostro pulcro y despejado de Sánchez en la máquina del café sin pensar en la impudicia del enchufado, esa que muestra su arrogancia como si se tratara de méritos propios. Me he cruzado con Lara y me ha parecido el mayor de los infames porque para mí no hay infamia mayor que no devolver un libro prestado. El término paraíso fiscal me parece aberrante y contradictorio y he tenido que oírlo varias veces a lo largo de la mañana. El mejor de los correos que he recibido hoy es el que compara los beneficios del yoga y el alcohol y al salir me he parado a tomar una cerveza y me han puesto unas almejitas de aperitivo, y yo tanto los mejillones como las almejas no los puedo mirar porque si lo hago no soy capaz de comérmelos; me parecen unos bichos horrorosos y extraterrestres familia del cefalópodo ese que salía en Alien.
En una esquina un chico tocaba un blues como los mísmísimos ángeles, y me he parado a escucharlo. Por la calle se ha acercado una rubia potente y hermosa y ni ha mirado, ha pasado de largo ajena totalmente a que esa canción se escribió para alguien como ella y he pensado en lo justo e injusto del sentido de algunas cosas. Pienso que alguien debería haberle gritado...¡Rubia, a Gary moore no se le hace ese desprecio aunque se tenga un culo como el tuyo! También he pensado que las casas viejas tienen alma y que tal vez yo soy una casa vieja.
Esta tarde he recibido una llamada de mi cuñada llamándome degenerado por mi poco apego a la familia; la verdad es que viniendo de alguien que es simpatizante de opus dei me ha parecido todo un piropo. Algo bueno me tenía que pasar hoy, digo yo.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Eso no se hace.


Esta tarde iba yo al notario a hacer testamento. Es algo que hace tiempo tenía pensado porque nunca se sabe. Espero que el cura que haya de darme la extremaunción no sea todavía ni monaguillo (como dice uno que yo me sé), pero como tengo que coger diariamente el coche para ir a trabajar, y ya me he dado un par de leñazos, he pensado que no es mala idea dejar atadas algunas cosas. Ya sabes, hacer beneficiarias a un par de instituciones filantrópicas y joder a mi hermano y mis sobrinos todo lo que me sea posible.
Bueno, en estas tesituras andaba yo al pasar por la plaza de la constitución de mi ciudad cuando de repente me encuentro el ayuntamiento engalanado con dos pendones enormes, tales que llegaban desde el tejado al suelo, con el yugo y las flechas de falange, flanqueando un tercero, igualmente de tamaño bestial, que contenía el águila imperial que salía en las pesetas franquistas junto con el letrerito de “una, grande, libre”. Todo vallado, lleno de insignias rancias, tablados, entarimados y policía custodiando. Uffffff, como en los nodos que conocí en mi infancia, sólo que a color.
Supongo que ya iba bastante predispuesto de antemano, y de repente se me ha pasado de todo por la cabeza durante los breves segundos que me ha durado la impresión. No niego que hasta se me ha descompuesto el cuerpo. Imagínate, la cara de estupefacción de algunos abueletes que pasaban (seguro que van a tener colitis durante unos cuantos días) y la cara de sorpresa, por desconocimiento, de los chavales que cruzaban. Una de las primeras cosas en las que, durante esos primeros segundos, he caído es que el equipo de gobierno, que es del pepé, estuvieran llevando a cabo su versión de la memoria histórica...un pelín lejos a mi gusto, eso sí. El caso es que todo estaba tranquilo a pesar de que los nostálgicos de las “familias de bien” de toda la vida estaban reunidos en nutridos grupitos, mostrando sus pletóricas caras cual sujetos pasivos de una felación.

Ya recuperado de la primera y momentánea impresión y con intención de racionalizar un poco el asunto, me he dado un breve paseito por la plaza y me he dirigido a un pringaillo con pearcing y tatuajes que andaba montando guardia con un chaleco reflectante dentro del cercado.
-Quillo…¿qué pasa aquí?
-Na…que van a rodar mañana la película esa de la Mula.
Ostras, es verdad, me dije, Qué tonto. Si yo he leído la novela y hace unos días me enteré que la estaban rodando en Lopera. El autor, Juan Eslava, tengo entendido que fue profesor del instituto en el que estudié yo bachillerato… Además, en los años cincuenta se rodó en esta misma plaza una escena de una película de Joselito, no sé de qué me extraño.
De todos modos, esto no se hace. No se puede llegar a un pueblo y montar tal tinglado en un rato sin avisar previamente. Más que nada lo digo porque de haberlo sabido no habría pasado por allí con la camisa azul marino que vestía esta tarde, mira tú que casualidad.
Detrás de mí, a mi derecha, con pantalón corto, el director Michael Radford , quien dirigió recientemente "Un plan brillante" y "El mercader de Venecia". Pasa totalmente desapercibido por desaliñado.

lunes 28 de septiembre de 2009

Efímera y eterna


Tú y yo somos algo más que un mero accidente que se disuelve en la memoria a corto plazo. Somos vidas cruzadas en un punto de un eje cartesiano. Tú y yo somos un encuentro en una función entre coordenadas, una ecuación con dos variables, dos incógnitas por despejar, una confluencia espacio-temporal. Es cierto que tú y yo no somos el texto de una historia, ni tenemos la dimensión suficiente para un solo verso, pero hemos sido una intersección efímera y eterna.